Devocional

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Junio 26

"Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis?", Juan 18:4.

Su voluntad no se basaba en la ignorancia. Sabía muy bien lo que implicaba el pacto de redención, lo que exigía la severa justicia. Tenía ante sí toda la escena de Su humillación, con todos sus oscuros y sombríos matices: el pesebre, el rey sediento de sangre, el escarnio y la burla de Sus compatriotas, la incredulidad de Sus propios parientes, la agonía mental de Getsemaní, el sudor sangriento, el cáliz amargo, la rebeldía de Sus discípulos, la traición de uno de ellos, la negación de otro, el abandono de todos, el juicio fingido, el manto de púrpura, la corona de espinas, el grito enfurecido ("¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale, crucifícale!"), la pesada cruz, la dolorosa crucifixión, las crueles burlas, el vinagre y la hiel, los ocultamientos del rostro de Su Padre, los horrores concentrados de la maldición, el último grito de angustia, la caída de la cabeza, la entrega del espíritu; todo, todo estaba ante la mente omnisciente del Hijo de Dios, con una vivacidad igual a su realidad, cuando exclamó: "Sálvale de descender a la fosa: he hallado rescate".

Y, sin embargo, se apresuró voluntariamente a rescatar al hombre arruinado. Voluntariamente, aunque sabía que el precio del perdón era Su sangre, se entregó así a la amarga agonía. ¿Y se arrepintió de haber emprendido la obra? Nunca. Se dice que Dios se arrepintió de haber hecho al hombre; pero en ningún caso se registra que Jesús se arrepintiera de haber redimido al hombre. Ni una acción, ni una palabra, ni una mirada traicionaron una emoción como ésta. En cada paso que dio desde Belén hasta el Calvario no hizo más que revelar Su voluntad de morir. "De un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!". ¡Oh, qué sorprendente fue el amor de Jesús! Este, este fue el secreto por el que no amó su propia vida hasta la muerte. Amaba demasiado a los pecadores. Nos amó más que a sí mismo. Con toda nuestra pecaminosidad, culpa, miseria y pobreza, nos amó tanto como para darse a sí mismo como ofrenda y sacrificio a Dios por nosotros. Aquí estaba el manantial donde fluían estas corrientes de misericordia. Esta fue la fuente que se abrió cuando murió. Y cuando se burlaron de Él y le dijeron: "Si Tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo", oh, qué respuesta dio Su silencio: "No he venido a salvarme a mí mismo, sino a mi pueblo; cuelgo aquí, no por mis propios pecados, sino por los de ellos; podría salvarme a mí mismo, pero he venido a dar mi vida en rescate por muchos".

Ellos pensaron que sólo los clavos lo mantenían en la cruz; Él sabía que era Su propio amor el que lo sujetaba allí. Contempla la fuerza del amor de Emanuel. Vengan, póstrense, adórenlo y reverencienlo. ¡Oh, qué amor era el suyo! ¡Oh, la profundidad! No te contentes con estar en la orilla de este océano; entra en él, bebe ampliamente de él. Es para ti, si sientes tu nada, tu pobreza, tu vileza; este océano es para ti. No es para los ángeles, es para los hombres. No es para los justos, sino para los pecadores. Entonces bebe hasta el fondo del amor de Jesús. No te conformes con pequeñas provisiones. Lleva una vasija grande a la fuente. Cuanto mayor sea la demanda, mayor será la oferta. Cuanto más necesitado, más bienvenido. Cuanto más vil, más apto.