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¿POR QUÉ A MÍ? MÁS BIEN ¿POR QUÉ NO A MÍ?

Julio 10

‘Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente’.
Lucas 13: 5

 

Es común relacionar eventos fortuitos y calamitosos con una paga o recompensa divina por la maldad. En lo profundo de la conciencia humana se halla el sentido que si alguno anda mal, terminara de la misma manera. Casi que de manera natural se concluye que si un individuo terminó su vida de forma terrible es porque debió vivir de una manera desagradable a los ojos de Dios.

Nuestro sentido de compensación, aunque distorsionado por nuestra condición pecaminosa, no ha desaparecido completamente y así interpretamos las tragedias.


Cuando ciertos individuos llegaron ente el Señor Jesús con una noticia terrible de unos hombres que habían sido alcanzados por la autoridad civil en el mismo templo donde ofrecieron sacrificios y allí habían sido eliminados de forma trágica, Él aprovechó el momento para ofrecer a sus discípulos una enseñanza más completa que la que su conciencia miope podría brindarles.
El Señor Jesús no está negando que la muerte de estos galileos no se deba a que en última instancia la justicia de Dios los haya alcanzado, pero deja bien en claro a sus oyentes que sus ofensas no son de una categoría distinta, que no pueden respirar tranquilos asumiendo que no son deudores ante Dios. Puede que no deban nada ante el tribunal de los hombres, pero al ser pecadores están expuestos al inminente juicio de Dios en cualquier momento. El Señor les informa que independientemente la clase de pecado cometido o la clase de pecador, todos perecerán igualmente, sin vuelta atrás, atrapados por la eternidad al castigo eterno, a menos que se arrepientan.


Para que no quedara duda, el Señor refiere otro episodio fortuito y calamitoso cuando una torre cayó y mató a dieciocho hombres. La gente al escuchar de esto –incluyendo a los mismos discípulos- pueden haber meneado la cabeza en desaprobación y haber pensado: “¡Así habrán vivido esos hombres!”. Sin embargo, el Señor Jesús quita ese falso sentido de seguridad que tienen informándoles que, a menos que todos se arrepientan, perecerán igualmente, como pecadores, sin más remedio, sin que su condición sea revertida.


Esta palabra nos toca a todos, pues la Biblia considera que todo hijo de Adán, es decir, toda la humanidad, se encuentra bajo pecado. Para los efectos no importa a qué tipo de pecado se ha expuesto, cuáles ha practicado, en cuáles ha sido más intenso, la verdad es que compartimos la naturaleza pecaminosa y las obras de pecado que surgen tras ella y es suficiente para cargar con la sentencia de muerte sobre nuestras cabezas. Y a menos que una persona proceda al arrepentimiento con fe en Jesucristo, perecerá igualmente.


El Señor Jesús, en otras palabras, nos enseñó a hacer las preguntas correctas, nos enseñó a hacer las declaraciones acertadas. La cuestión no es por qué eso le ocurre a la gente o a cualquier tipo de gente, el punto es por qué, siendo nosotros iguales, no nos ha pasado a nosotros. No deberíamos llevar la mano a la boca de asombro porque Dios tome la vida de un pecador, deberíamos llevarla en asombro que aun estemos de pie, aquí y ahora. Cada tragedia ajena, cada muerte natural o repentina, sea de gente que se reconoció como buena o como muy mala, debe hacernos pensar ¿Por qué no a mí? Y debe recordarnos que si no nos arrepentimos pereceremos sin oportunidad para este.


¿Por qué no a mí? Es la pregunta. Mientras la responde, no olvide proceder al arrepentimiento sin tardanza.

 

Lectura Bíblica

 

1 Crónicas 7, 8, 9
Salmo 3