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LA CRUZ DE CRISTO, ALGO QUE ABORRECER

Noviembre 10

‘Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo’.
Lucas 14:26

La palabra cruz, para el pensamiento del Nuevo Testamento, dejó de representar literalmente el objeto donde se colgaba a un terrible malhechor, para convertirse en un concepto teológico. Es decir, dependiendo el texto donde se encuentre, la palabra cruz comprende el sacrificio expiatorio de Cristo por su pueblo, su muerte en propiciación (Col.2:14-15). Puede también hacer referencia al principio de negación propia o muerte de los deseos pecaminosos (Mt.10:38; Mr.8:34). Aún más, puede hacer referencia a la esencia del mensaje del evangelio o la palabra de la cruz (1 Cor.1:18).

Sin embrago, sea lo que sea en sus contextos específicos, la cruz de Cristo está en el centro de la teología del Nuevo Testamento. Algo hizo y pasó en Cristo, que de alguna manera, también debe pasar en nosotros y debe ser anunciado. El centro del cristianismo no es pues, su moralidad ni su ética, sino la cruz. Tan avasallador es el concepto de la cruz, que el Señor pudo decir estas palabras sin titubear. Aun corriendo el riesgo de ser completamente malinterpretado, no quiso aguar las demandas de lo que conlleva ser cristiano, es decir, seguidor suyo. Sus palabras, pasados los siglos, siguen teniendo un peso que se vuelve incómodo llevar a la práctica realmente, pues llevar la cruz de Cristo implica un principio de aborrecimiento que tampoco podemos adulterar.

El seguimiento a Cristo implica un amor y compromiso tan grande por Él, que el amor y compromiso con el resto, se vea como aborrecimiento. Eso quiere decir que usted no podrá abrazar la cruz de Cristo abrazando también sus demás amores. Él no quiere que nuestro corazón esté dividido en porcentajes, tanto de amor para mí, tanto de amor para los míos, tanto de amor para Él. Precisamente el llamado es a abandonar todo amor y compromiso para abrazar solamente a Cristo. En el sentido de seguimiento abnegado, es decir, a quién seguiremos y amaremos con toda la fuerza de nuestro ser consciente, Cristo debe llevarse todas y cada una de nuestras fuerzas, intenciones, pensamientos, ganas, tanto que nuestro amor y aprecio a los demás, sean solo una derivación de nuestro amor por Cristo.

Quien no esté dispuesto a, deliberadamente, abrazar por la fe a Cristo y seguirle como su único amor, con su mayor lealtad, con las primicias de sus fuerzas, con la nata de su existencia, haciendo parecer el amor a los suyos y aun a sí mismo, como un desprecio, no puede considerarse Su seguidor. Si Cristo no vale tanto para cambiarlo todo, si no es considerado como el todo, frente al cual lo arriesgamos todo, entonces no tenemos ese prerrequisito de su seguimiento, ese principio de aborrecimiento, tan necesario para poder abrazar la cruz con amor leal.

Por eso se llama una cruz y no un lecho de pétalos de rosas o algodones. Esa cruz lo invierte todo en verdad, no es un aditamento de la vida cristiana, es en sí la vida cristiana, pero irrita y rasga las fibras de nuestra existencia natural y de nuestros valores en la carne. El seguir a Cristo implica una verdadera renuncia a las condiciones actuales con las que vivimos, una revolución de nuestras prioridades, una deposición real de nuestros afectos y conlleva una declaración intencional y firme de lealtad y amor a Cristo. Por lo que el seguidor de Cristo podrá “medir” su discipulado, en la medida que todo en su vida, lo grande y lo pequeño, son una evidencia tangible de, por un lado su aborrecimiento a sus valores naturales, y por otro lado de su amor por Cristo. ¿Es usted un discípulo de Cristo?



Lectura Bíblica

 

Joel 1, 2, 3
Salmo 129