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APRENDA A BESAR LA MANO QUE LO HIERE

Octubre 10

‘Porque él es quien hace la llaga, y él la vendará; El hiere, y sus manos curan’.
Job 5:18

 

Si usted desea una máxima extraída de las páginas del Antiguo Testamento, de lo que es santificación, enmarque esta en su mente. En última instancia, aquí hay un gran aliciente en medio del sufrimiento. No estamos desconociendo algunas razones que puedan traer sufrimientos en los hijos de Dios ni  siquiera sugiriendo que cuando el creyente las reconozca, lo tome livianamente. Si un creyente logra identificar su sufrimiento como la consecuencia de un pecado, debe arrepentirse y rogar de la obra del Espíritu Santo santificando esa área en la que tropezó, nada livianamente sino con todo temor y temblor (Sal.51:14).

Si el caso es, como el caso del apóstol Pablo, cuyo sufrimiento era proporcionado para librarlo de posibles pecados futuros (2 Cor.12:9), el creyente debe someterse de buena gana a la mano paternal de Dios y aceptar su trato, recibiendo agradecido el dolor así como recibe el gozo. Si no logra discernir por la vía de la Palabra de Dios aplicada al corazón cuál puede ser la causa del sufrimiento, igualmente debe someterse con amor de hijo a la mano de su Padre quien nunca se equivoca en su trato.


Lo que deseo que comprenda, es que Dios está al tanto de la vida de cada uno de sus hijos. La paternidad de Dios no se parece a la paternidad moderna, hijos criándose a la distancia vía electrónica, cuya crianza implica alto grado de desconocimiento real de la vida de sus hijos o criados por terceros. Dios no es así, no obra así. Él tiene un trato personal, particular y minucioso de todos y cada uno de sus hijos, de manera que puede poner su santo dedo en las debilidades pecaminosas que precisan se tratadas. Él no comparte la idea moderna que un padre jamás infligirá dolor a sus hijos, sino que lo hará todas las veces que sea el caso, porque es un Padre responsable que prometió conformar a cada uno de los suyos, al carácter de Cristo.


Si algo hace difícil y hecha por tierra la autoridad moral de una disciplina, es que muchas veces quienes crían no son los mismos que castigan. El que sustenta no es el mismo que corrige. Sin embargo, conocemos las manos de Dios como aquellas que nos sustentan y proveen en cada momento, que nos han tratado con gracia inmerecida, misericordia diaria, bondades sin medida. Son esas manos las que besamos en adoración y gratitud diariamente. Pero son esas mismas manos las que nos toman con firmeza y abren la parte infectada para sacar la inmundicia que como pus, aun nos puede salir de dentro. Son experiencias de dolor y como dice el apóstol: ‘Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados’ (Hb.12:11). Pero el creyente debe aprender a besar en adoración las mismas manos que lo hieren.


Dios mismo es quien también cierra la herida ya sana, la ha desinfectado con el lavamiento del agua por la Palabra, la ha suavizado con el aceite de su Espíritu y nos vuelve a apretar en su seno con fuerza afirmándonos que somos sus hijos, porque a los que no son de Él, Él no los trata así. Tener un Dios que enfrenta directamente y sin rodeos nuestros pecados, nos somete a la limpieza y luego nos habilita para seguir caminando en pureza, es precisamente lo que la Biblia llama santificación. Es lo que han experimentado sus hijos desde el amanecer de la historia y seguro no es diferente con usted. Recuerde: ‘Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos’.

 

Lectura Bíblica

 

1 Timoteo 1, 2, 3
Salmo 98