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CARGANDO NUESTRO CORAZÓN CON LO QUE CARGÓ EL DE CRISTO – LA VOLUNTAD DEL PADRE

Agosto 19

Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada’.
Juan 8:29

 

Debemos advertir que cuando hablamos de cargar nuestro corazón con lo que cargó el corazón de Cristo, hay un asunto en que cargó Su santa alma donde debemos quedarnos ‘a un tiro de piedra’ y verle entrar solo en el Getsemaní, cargando la cruz redentora, abrazándose a ella y muriendo para la salvación de su pueblo. Allí Él debe ir solo, no hay una imitación para nosotros de un Getsemaní ni de un Calvario, hace parte de las cosas únicas e inimitables de su ministerio.

Salvando este principio, creo que es legítimo que se cargue con esas cosas que caracterizaron y que son sumamente evidentes en la vida de nuestro Salvador y Dios quiera, podamos imitarle en esto, participar de ello, ver lo que Él vio y suspirar por lo que suspiró, llorar por lo que Él lloró y gozarnos con inefable gozo en lo que él se gozó.


Mucha de la predicación actual va dirigida a despojar al creyente de todo tipo de carga, angustia y agonía. ¿Acaso piensas en un cristianismo sin carga? ¿En uno sin angustia y congoja? ¿Acaso has destinado para ti una vida muriendo tranquilo, rozagante y sin arrugas en tu cara? ¿Quieres ser conforme a la Imagen de Cristo y no cargar tu alma? ¿Cómo puedes confesarte discípulo de Aquel que le dijeron, ‘aun no tienes 50 años’, cuando solo tenía 30?


El corazón de Cristo también se cargó profundamente con hacer la voluntad de Dios Padre. ¿Quién puede leer las Escrituras y no concluir que obedecer perfectamente la voluntad del Padre, fue una de las cosas que cargó el corazón del Señor? Muchas veces confesó que no vino a hacer su propia voluntad sino la del Padre (Jn.5:30; 6:38). Las profecías con respecto a Él y su ministerio contemplaban que fuera obediente (Is.42:1-4; 53:10). Enseñó a orar para que la voluntad del Padre fuera hecha (Mt.6:10). Se identificó como familiar del que hace la voluntad de Dios (Mt.12:50); Exhortó a hacer la voluntad del Padre (Mt.7:21). Asemejó su obediencia a la comida, dijo que tenía una comida que comer y era hacer la voluntad de Dios (Jn.4:34). A puertas de la muerte rogó tres veces que no se hiciera su voluntad sino la del Padre (Mt.26:42). El apóstol Pablo en Fil.2:7 y 8 nos afirma que se hizo siervo obediente hasta la muerte de cruz.


Su vida fue dominada por este pensamiento y procura. Su alma fue teñida de afán y angustia por hacer la voluntad de Dios. Eso requería saber sus principios, entenderlos más, amarlos, tenerlos presente, celarlos, procurar que otros la obedecieran. Si con algo se despertaba era con la idea de hacer la voluntad de Dios, de obedecer al costo que eso le trajera. De manera que hacer la voluntad de Dios, pasar el día en esa procura y acostarse pendiente de la obediencia a los preceptos divinos no es legalismo, es ser como Cristo.


Pregunto: ¿Estás buscando maneras más amplias y más profundas de obedecer? ¿Estas empleando todo tu intelecto y corazón para entender lo que es la obediencia a la Palabra de Dios? ¿Te pones ansioso, afanado y hasta desfalleces por obedecer? ¿Hay angustia por no ser más obediente, más fervoroso en obedecer? No, no mires hoy de que eres libre, mira hoy de qué eres esclavo y siervo, arroja sobre tu espalda la ley moral, el sermón del monte, cada exhortación apostólica, los proverbios, cada cosa donde haya un precepto, rastréalo y da tu vida por hacer la voluntad de Dios.

 

Lectura Bíblica

 

Job 22, 23, 24
Salmo 44