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ORANDO POR LOS ENEMIGOS

Agosto 6

'Entonces Moisés clamó a Jehová, diciendo: Te ruego, oh Dios, que la sanes ahora'.
Números 12:13

 

¿No se ha dado cuenta cuán lejos estamos de hacer con nuestros enemigos lo que la Palabra de Dios nos dice acerca de ellos? Si bien, orar por los transgresores no es lo único que debemos hacer, la oración sí marca el comienzo de lo que Dios espera de nosotros:

 

 

‘Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen’ (Mt.5:44).

Aarón y María murmuraron con amargura reprimida contra Moisés a causa de su esposa (Nm.12:1). Ellos usan el episodio de su esposa como instrumento para socavar el ministerio del hombre que Dios había escogido para conducir al pueblo (v.2). Usted puede preguntarse ¿Qué tenía que ver lo uno con lo otro? Nada, solo que ellos estaban profundamente amargados por el liderazgo de Moisés y convivían con rivalidad en su alma y con ansias de poder por lo que buscaron cualquier excusa para maltratar a su hermano. No contentos con su descontento personal, hicieron lo que frecuentemente hace la amargura, busca la manera de contaminar a otros. Ellos, a sabiendas que el pueblo era revoltoso, levantaron los ánimos de éste hacia Moisés. Ellos deseaban arrastrar la opinión de la gente hacia ellos y su querido liderazgo, levantando al pueblo contra el piadoso líder.

Moisés no musitó palabras, pero no por impotencia o  porque no tuviera nada que decir, sino por su carácter pues ‘Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra’ (v.3). Él no oró quejándose a Dios, no se amargó, oyó simplemente y Dios obró defendiéndolo. ¿Qué hizo Moisés al ver la ira de Dios derramada sobre María? Clamó al Señor, suplicó sentidamente a Dios, tal vez con angustia en su corazón rogó que su hermana fuera sana. Él oró por su enemiga para que le fuera bien.

Del Señor  Jesucristo, no sólo aprendimos sus enseñanzas de orar y hacer bien a nuestros enemigos, sino que así mismo lo llevó a cabo en la hora cuando sus enemigos lo sumieron en el más profundo dolor (Cf. Is.53:12; Lc.23:34; 1 Pd.2:23). Tener la capacidad espiritual de absorber humildemente la ofensa y cambiar la actitud de dolor personal y perdida, por dolor por el pecado, es una pauta divina y ejemplo divino. Remitir a Dios la ofensa y su ofensor, no para pedir ¡rayos y centellas!, sino para que Él tenga misericordia, con suplica y clamor, es la voluntad de Dios. Ha sido la práctica de los hombres de Dios, como Job, quien por mandato de Dios tuvo que orar por sus enemigos, de Esteban que muriendo, oró por los que le apedreaban, David fue capaz de llorar por su hijo traidor y así muchos ejemplos más vemos en las Escrituras.

Reparar solo en el efecto que la ofensa nos produce es lo natural, lo normal, lo carnal. Reparar en la ofensa que el tal comete delante de Dios y temer por él y rogar a Dios por él, son los valores del reino, es lo que Cristo ejemplificó y por lo tanto demanda. Esta oración solo nace de un corazón que está aprendiendo lo que es la mansedumbre. Virtud que nos lleva a considerar que lo peor de la ofensa no es el daño propio sino la afrenta a Dios. Y suele pasar que cuando oramos por nuestros enemigos, nuestros sentimientos cambiarán hacia ellos.

Le repito que orar no es lo único que podemos hacer por los enemigos, pero es un buen comienzo y ¡Qué piedad necesitamos para dar ese primer paso!

Lectura Bíblica

 

Nehemías 5, 6, 7
Salmo 31