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DETRÁS DEL TELÓN

Junio 20

‘Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes’.
Lucas 8:3

 

En el lenguaje cristiano la palabra “ministerio” o “ministro” es muy importante. En la actualidad es una palabra bien conocida en las iglesias y es más bien relacionada con una posición de liderazgo o una actividad generalmente algo lucrativa para quien la lleva. Sin embargo, la palabra ministerio en la Escritura tiene que ver más con un servicio a otros y generalmente está asociada con la negación propia para el beneficio del evangelio, de la iglesia y se realiza discreta y humildemente pero de manera decidida y perseverante.

Es muy fácil dejarse impresionar por aquellos servidores del Señor que ocuparon un lugar muy importante en el desarrollo del reino de Dios. Hombres de servicios visibles que impactaron a multitudes con aquello que Dios les encomendó hacer. Así, el cristiano desprevenido asume que a menos que tenga un servicio visible y multitudinario, su servicio es algo menor y vergonzoso. Los cristianos anhelan ese tipo de tareas visibles, influyentes, de un liderazgo bajo luces y mucho pulpito. Ellos anhelan este tipo de “servicio” pues ven a los modelos mediáticos del cristianismo y suspiran por ser como ellos, pasando por alto que en general, esos músicos, conferencistas y “ministros” tomaron la forma del mundo hace tiempo y desdibujaron para el pueblo de Dios lo que en realidad es servir.


Usted puede corroborar en la Escritura la influencia de hombres como el apóstol Pablo, pero le aseguro que pocas veces ha reparado en que el apóstol podía servir gracias a un numeroso grupo de colaboradores, gente común, trabajando esmeradamente detrás de la cortina, nada visible, nunca buscando llamar la atención sobre sí, pero con decisión piadosa y humilde. Es fácil corroborarlo leyendo esos olvidados pasajes con los que terminan algunas epístolas conocidas como “salutaciones finales” (Romanos 16:1-15; 1 Corintios 16:13-24; Efesios 6:21; Colosenses 4:7-18; 2 Timoteo 4:19-22; Tito 3; 12-14; Filemón 23-25). Solo unos pocos ejemplos en la Escritura quedaron registrados para mostrarnos aquellos “ministros” que confundieron su posición y desembocaron en lideres autoritarios como es el caso de Diotrefes (3 Jn.9-10).


Exactamente este era el mismo caso del ministerio de Nuestro Señor Jesús. Usted puede ver a esos doce hombres junto con el Salvador, yendo y viniendo, predicando, sanando, enseñando. Y se ha preguntado ¿de qué vivían?  ¿Cómo y con qué se sustentaban para hacer su obra? Y aquí debemos detenernos por un momento y no solo dar gracias a Dios por los doce sino por el sinnúmero de personas que sin ser visibles y ni siquiera quererlo, hicieron posible humanamente hablando, con sus recursos el ministerio del Señor y de sus apóstoles. El texto nos señala hacia algunas mujeres salvas, redimidas, queridas damas reconociendo humildemente su papel y rol dentro del mundo de Dios y dentro del reino de Dios pero siendo conscientes de su responsabilidad. Ellas servían al Señor con sus bienes. Probablemente confeccionando y vendiendo, dando un alimento, un alojamiento, consiguiendo un recurso con la creatividad santa que proviene de un corazón regenerado.  No es la única ocasión en que esto nos es señalado. Fueron muchas y sin duda muchos que sin conocer sus nombres, habrán hecho más por el reino de Dios  que la generación actual junta (Hch. 9:39). Recuerde que todos somos servidores y que no tenemos excusa para no servir. Que a menos que seamos llamados ministerios públicos, en general esta es nuestra suerte y privilegio. Los cristianos de hoy deberían poner sus ojos en el servicio humilde y abandonar pretensiones que siguen desdibujando para el mundo y la iglesia lo que es ser un verdadero ministro.

 

Lectura Bíblica

 

1 Reyes 4, 5, 6
Proverbios 21