Powered by OrdaSoft!

Iglesia Bautista Reformada de Suba

Anunciando el Evangelio de Cristo

logo

 

REUNIONES

DOMINGOS

  • Instrucción Bíblica - 9:45 am.
  • Culto de Adoración - 11:00 am.
  • Culto Vespertino - 5:00 pm

JUEVES

  • Culto de Oración - 7:00 pm.

REFLEXIONES

RECIBA NUESTRAS NOTICIAS

Noticias

No result...

BLOG

Blog

VIDEOS

Play

INICIO

UN CORAZÓN DE HIERRO

Abril 15

‘Y el corazón de Faraón se endureció, y no dejó ir a los hijos de Israel, como Jehová lo había dicho por medio de Moisés’.
Éxodo 9:35

 

 

Esta frase referente a Faraón no puede pasar inadvertida frente a nuestra alma. Estamos en el deber de considerar en quietud lo que es y lo que representa porque no nos señala hacia un asunto trivial o que se deba tratar con liviandad. La realidad que expresa es espantosa, es lamentable, es tan viva que no podemos dejar de considerarnos aparte de ella.

‘Faraón se endureció’, dice la Escritura. Y lo refiere al final de una serie de ocasiones en que también lo dice. Puede corroborarlo en 7:13, 14, 22; 8:15, 19, 32; 9:7.


Esto se agrava más cuando consideramos que Faraón estuvo al frente de juicios enormes, evidencias inequívocas del poder divino. No se trataban de un par de moscas que aparecieron en casa, sino de plaga tras plaga que iban y venían por la mediación de Moisés. Plagas seleccionadas que no tocaban al pueblo de Israel pero sí a Egipto. Así que el poder de Dios era evidente, no había duda, los magos egipcios pudieron imitar las primeras plagas pero no la mayoría. Podían hacerlas venir pero no retirar. Ellos temieron al Señor al menos por preservación pero Faraón endureció su corazón.


La dureza natural del corazón hacia Dios es espantosa. Vanamente algunos consideran que las personas son más susceptibles a la piedad si pudieran ver una señal, un milagro, una intervención divina sea benéfica o catastrófica. Pero eso no es cierto, Faraón estuvo en pie mirando, oliendo, probando, el poder divino y endureció su corazón. Pero no es el único, el lector superficial de la Biblia podrá recordar que ninguna circunstancia puede ablandar un corazón duro.


Sea que tal o cual individuo experimentara un favor inusual de Dios o su ira, sea la llenura o la necesidad, sea la esclavitud o libertad, no importa, el corazón es duro y así permanecerá para siempre. Usted puede ser molido en un mortero o jamás apartado de las viandas de los reyes, pero el corazón duro no se inmutará en su perversa condición. Puede estar al borde  de la muerte y las aguas frías de ella, no le harán nada al corazón.
A menos que en la misericordia divina el Señor trasforme al corazón, éste permanecerá igual. Ni juicios ni bendiciones lo dejaran dispuesto a Dios, nada lo hará  solo el Espíritu Santo. Vivimos a diario con individuos así. El pecado ha endurecido tanto el alma que será más fácil derrotar la hipotética aleación de hierro y cemento que las estructuras de un corazón no regenerado.


El hijo de Dios, quien ha recibido el nuevo nacimiento, debe reconocer que aún debe tratar con el remanente de esa dureza. Es una dureza real, viva, a la que no le servirá ni el dolor ni la felicidad. El creyente debe advertir todos los días con el dolor de la humillación  y el arrepentimiento que a menos que nos sea suministrada una obra copiosa del Espíritu en al alma, nada nos dejara dispuestos a Dios. La dureza del corazón es real y cuando vemos a Faraón, tan duro como si no estuviera viendo nada, nos espantamos que esa misma enfermedad sea la que vemos a diario en nuestro interior, por ello clamemos hoy: ¡Señor ayúdanos que perecemos!

 

Lectura Bíblica

 

Hechos 17, 18   
Salmo 104

 

 

 


 

 

‘Faraón se endureció’, dice la Escritura. Y lo refiere al final de una serie de ocasiones en que también lo dice. Puede corroborarlo en 7:13, 14, 22; 8:15, 19, 32; 9:7.

Esto se agrava más cuando consideramos que Faraón estuvo al frente de juicios enormes, evidencias inequívocas del poder divino. No se trataban de un par de moscas que aparecieron en casa, sino de plaga tras plaga que iban y venían por la mediación de Moisés. Plagas seleccionadas que no tocaban al pueblo de Israel pero sí a Egipto. Así que el poder de Dios era evidente, no había duda, los magos egipcios pudieron imitar las primeras plagas pero no la mayoría. Podían hacerlas venir pero no retirar. Ellos temieron al Señor al menos por preservación pero Faraón endureció su corazón.

La dureza natural del corazón hacia Dios es espantosa. Vanamente algunos consideran que las personas son más susceptibles a la piedad si pudieran ver una señal, un milagro, una intervención divina sea benéfica o catastrófica. Pero eso no es cierto, Faraón estuvo en pie mirando, oliendo, probando, el poder divino y endureció su corazón. Pero no es el único, el lector superficial de la Biblia podrá recordar que ninguna circunstancia puede ablandar un corazón duro.

Sea que tal o cual individuo experimentara un favor inusual de Dios o su ira, sea la llenura o la necesidad, sea la esclavitud o libertad, no importa, el corazón es duro y así permanecerá para siempre. Usted puede ser molido en un mortero o jamás apartado de las viandas de los reyes, pero el corazón duro no se inmutará en su perversa condición. Puede estar al borde  de la muerte y las aguas frías de ella, no le harán nada al corazón.

A menos que en la misericordia divina el Señor trasforme al corazón, éste permanecerá igual. Ni juicios ni bendiciones lo dejaran dispuesto a Dios, nada lo hará  solo el Espíritu Santo. Vivimos a diario con individuos así. El pecado ha endurecido tanto el alma que será más fácil derrotar la hipotética aleación de hierro y cemento que las estructuras de un corazón no regenerado.

El hijo de Dios, quien ha recibido el nuevo nacimiento, debe reconocer que aún debe tratar con el remanente de esa dureza. Es una dureza real, viva, a la que no le servirá ni el dolor ni la felicidad. El creyente debe advertir todos los días con el dolor de la humillación  y el arrepentimiento que a menos que nos sea suministrada una obra copiosa del Espíritu en al alma, nada nos dejara dispuestos a Dios. La dureza del corazón es real y cuando vemos a Faraón, tan duro como si no estuviera viendo nada, nos espantamos que esa misma enfermedad sea la que vemos a diario en nuestro interior, por ello clamemos hoy: ¡Señor ayúdanos que perecemos!