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TE ADORO ¿COMO YO QUIERO O COMO TÚ QUIERES?

Marzo 8

‘No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra’.
Éxodo 20: 4

 

 

El primer mandamiento del llamado Decálogo nos recordaba cuál debe ser el Objeto de la adoración: Dios mismo. Este segundo mandamiento nos recuerda los Medios de la verdadera adoración. El Señor quiere hablarnos acerca de la forma adecuada de acercarnos a Él que es un ser esencialmente Espiritual e intensamente Santo.

El segundo mandamiento nos grita que la verdadera adoración es la que Él ha ordenado y la falsa la que Él no ha mandado, aquella que es conforme a nuestra imaginación o la de otro.


Es obvio al leer el mandamiento que Dios no desea ser adorado mediante imágenes que lo representen ni se siente a gusto cuando la gente hace imágenes de cualquier cosa con el fin de ayudar la adoración. ¿Por qué? Porque puntualmente hablando, toda representación física de Dios es mentirosa, ya que Él es Espíritu. Pero si aún alguien pudiera decir que la imagen con que adora es de Cristo, también aquella sería mentirosa porque por más que un artista representara a Jesús, nunca podría representar todo lo que es Él: Dios – hombre, infinito y redentor. Dios mismo reta a los falsos adoradores desde hace más de dos milenios: ¿Qué imagen me compondrán? (Is.40:18) Nada en absoluto puede darnos una imagen de Dios adecuada y Dios dice que no debe hacerse esto. También nos dice que dichas esculturas religiosas mucho menos deben ser motivo de honra o adoración ni nadie debe inclinarse ante ellas o darles un trato religioso.


Por supuesto que crucifijos, santos de la imaginación o de yeso, estatuas, talismanes, patas de conejo, espigas de trigo, amuletos, cuadros o muletas mentales y todo cuanto nosotros usemos para evocar a Dios y sus favores o ayudarnos para la adoración, está descalificado. Dios no desea ser adorado así y lo deja bien en claro. Pero allí también está incluido todo rito, culto, ceremonia, procesión y más, que el hombre haya inventado para adorarle como ofrenda creativa, nacida de su pensamiento o el de otro.


La verdadera adoración, como dijimos, es aquella que corresponde al ser Espiritual de Dios y hace justicia a lo que Él mismo ha revelado en su Palabra. Si la idea es adorar a Dios, debemos sujetarnos a lo que a Él le agrada y no a lo que nos agrada a nosotros. Es atrevido acercarnos a Dios para adorarle con la expectativa de agradarnos a nosotros mismos. La Palabra de Dios nos señala hacia la verdadera adoración así: ‘En Espíritu y Verdad’ además que el Padre ‘busca tales adoradores’ (Cf.Jn.4). Eso indica que nadie puede adorar a Dios a menos que sea renovado por el Espíritu Santo en el Nuevo Nacimiento y tenga como único mediador a Cristo. Nadie pueda adorar a Dios si su anhelo no es glorificarle o si desea apoyar su adoración principalmente en lo externo.


Pero nadie puede pretender adorar a Dios desconociendo su Palabra o deliberadamente pretendiendo adorar a Dios con la materia primar que nos da el mundo, saltando obstinadamente los preceptos de la Escritura. Es común encontrar adoradores de sí mismos pensando que si a ellos les gusta tal o cual cosa, tal o cual rito, música, elementos, a Dios también le gustará. El cómo adorarlo, cuándo, por qué y más, está dado en su Palabra. Transgredir el segundo mandamiento es bastante sencillo, solo hay que pretender adorar a Dios escuchando nuestro corazón. Es necesario entonces rendirnos en arrepentimiento y adoración  sincera y obediente a Él si deseamos adorarlo como Él desea.

Lectura Bíblica

 

Números 4, 5, 6
Salmo 67