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MANSEDUMBRE

Diciembre 7

‘Más el fruto del Espíritu es […] mansedumbre’.
Gálatas 5:23

Algunas personas para querer aclarar en qué consiste el principio de la mansedumbre, lanzan una frase ¡Qué para nada es mansa! En verdad se espera que su afán sea aclarar la tensión que existe entre mansedumbre y justicia y no, que esta sea otra manera astuta de esquivar el principio bíblico, un juego de palabras ¡Para legalizar la desobediencia! Más aún, esta forma de razonar también flaquea en que mira la mansedumbre de una manera solo horizontal, es decir, lo que tiene que ver con nuestras relaciones interpersonales y olvida por completo la dimensión más importante donde la mansedumbre jamás es un lujo sino una necesidad imperiosa, la relación para con Dios.

La mansedumbre, en primera instancia, es un fruto proveniente del Espíritu Santo y no nace en nosotros. A lo mucho una persona puede ser de temperamento tranquilo y resignado. Pero la mansedumbre corresponde a esa obra o trabajo que hace Dios por el Espíritu en una vida con la regeneración y la perfecciona en la santificación. La mansedumbre es aquella disposición de espíritu con la que reconocemos nuestro estado de pobreza espiritual delante de Dios (Mt.5:3), con la que también aceptamos los tratos de Dios para con nosotros como buenos, y por ello sin discutirlos ni resistirlos. Luego esta mansedumbre se expresa en el trato adecuado con los demás, teniendo siempre la mirada en los mayores intereses que perseguimos siendo regenerados, la gloria de Dios.


La mansedumbre tiene su raíz en un concepto adecuado de nosotros mismos, es decir, un concepto que venga al considerarnos a nosotros mismos en nuestro estado natural como al considerar la obra de la redención hecha en nosotros. Si una persona solo tiene en cuenta una de estas dos consideraciones, se puede decir que tiene una falsa mansedumbre, como aquella persona que piensa que su miseria ¡Lo recomienda ante Dios! Así que la mansedumbre tiene su fundamento en considerar lo que uno es en su estado natural y lo que uno es en Cristo, de manera que esto se convierte en el motor que la conduce y la aviva. Un creyente no resistirá ni los mandamientos de Dios ni sus providencias porque entiende que su naturaleza jamás hubiese podido arrojarlo a un mejor camino y que se encuentra en las manos de su Salvador, pero de su Dueño.


Ahora, la mansedumbre definida en su aspecto horizontal, tiene que ver con que estas consideraciones reales que afirman los pies de los individuos en los caminos más excelentes que Dios ha planeado para él, por lo cual, las ofensas personales no le son tan trascendentales como para hacer su vida basado en ellas y tratando de vindicarse ante los demás. Por supuesto que no creemos que la mansedumbre signifique el deber de exponerse indiscriminadamente a todas las fuentes que nos proporcionan una ofensa o un mal. Tampoco creemos que la mansedumbre sea el deber de la injusticia. Más bien, es el abandono voluntario a vindicar nuestro propio nombre o derechos, teniendo en cuenta el cuadro más amplio, el plan más general, los intereses en los que ahora nos encontramos. Eso quiere decir que sin duda existen algunos asuntos donde la mansedumbre nos llevará a pasar por alto la ofensa porque hacerlo cooperará para la gloria de Dios y la exaltación de Cristo como el caso de 1 Corintios 6:1-7. En otras ocasiones la mansedumbre se expresará aplicando la justicia con temor y temblor, exhibiendo el sometimiento humilde a los principios de Cristo y no paralizándonos por el miedo con tal que el evangelio no sea menoscabado (Hch.5:29; Gál.2:3-5). La mansedumbre no mide las cosas en qué tanto seremos o no malinterpretados, sino en los mayores intereses de Dios, Su reino y Su gloria. La mansedumbre siempre nos llevará a la pérdida de nosotros mismos en nuestro estado natural para dar paso a la gloria divina, pero siempre mirando a Cristo como Modelo por excelencia de mansedumbre y humildad verdadera (Mt.11:29).

Lectura Bíblica

 

Nehemías 1, 2, 3
Proverbios 6