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CUANDO LA VIDA DE UN PERRO VALE MÁS QUE LA DE UN SOLDADO

Marcha

En este afán por llevar a una solución una necesidad tan sentida como lo es la paz, corremos el riesgo de perder exactamente lo que deseamos ganar. Deseando llegar al glorioso momento de máxima protección a la vida y a los derechos fundamentales, podemos estar pasando por ellos mismos para conseguirla y dejándonos sin verdaderas garantías para que algo así se mantenga.
No podemos huir de nuestra humanidad, esta misma parte inherente en cada ser humano, que le lleva a ser sensible a las injusticias, al dolor, a la pena de sus semejantes y hasta alcanza para sensibilizar nuestra conciencia con el mundo y los animales. Aún no hemos perdido el afán porque el medio ambiente sea conservado y podamos, en algo, corregir nuestro rumbo que ha desembocado en un calentamiento global. Seguimos persiguiendo que podamos congraciarnos con la naturaleza de manera que tomando de ella con toda honradez, podamos también servirle pues proporciona para nosotros bienestar irremplazable. Con toda justicia deseamos la armonía en todas las áreas de la vida, de manera que la tan anhelada calidad de vida no sea esquiva por más tiempo.
Sin embargo, por un manejo transicional de principios fundamentales, estamos apreciando, no un mayor valor de la vida humana, sino su mismo menosprecio. Testigos somos de las expresiones sociales y solidarias en favor de las corridas de toros, de los animales en maltrato, de la paz y los derechos fundamentales. Pero esta sensibilidad no se ve materializada en una conciencia creciente del valor de la vida en nuestro territorio. Las marchas solo evidencian que somos sensibles, pero no llegan a tocar lo que se está esfumando, que somos una sociedad que maltrata sus mujeres, que viola sus niños, que no valora lo suficiente a sus soldados, que quema con ácido, una sociedad que no ha logrado frenarlos ebrios al volante, que busca como mejor precio la comodidad social pero que no ha cambiado en nada o muy poco el concepto que la vida es un don sagrado. Debemos detenernos en una sincera reflexión, pues mientras se discute si quienes asesinan soldados van a pagar un día o trabajo social pero nunca cárcel, o seguimos discutiendo cuanto más rebajamos las penas a los depredadores infantiles, adelantamos con fervor leyes para castigar con la privación de la libertad y multas extraordinarias a quienes dañen o maltraten animales.
La sobreexposición de nuestro conflicto ha venido cercenando nuestra humanidad. Lamentablemente hablar a favor del honor de la vida, puede ponerlo a uno en cualquiera de los reconocidos bandos políticos que lo apodan de algún “ista” o puede ponerlo a uno, sin quererlo, o a favor de la paz o en contra y puede llegar a confinarlo a un rincón junto con sus ideas. Pero corriendo el riesgo, hay que advertir que podemos llegar a la tan anhelada paz, como un asunto meramente externo que ningún provecho real traerá a nuestro medio, pues bajo la superficie, aun tendremos que convivir con un creciente respeto por los árboles y perros mientras seguimos despreciando el valor de la vida humana desde las muchas maneras que ésta pueda ser menospreciada.
Hay que ver que nos trae este receso de justicia con el que se pretende conseguir justicia. Podemos llegar a la paz, seguramente, pero perdiendo exactamente lo que queríamos ganar.