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RELACIONES INTERECLESIALES

coop2Por: Jorge E. Castañeda D.

Las relaciones intereclesiasticas son un punto muy importante en el desarrollo de las iglesias de Cristo. Como en todo, nuestra manera de abordar un principio no debe ser ni sentimental ni pragmática, ni siquiera arbitraria. Aquí también debemos ajustarnos a la Palabra de Dios y procurar madurez en esta área sin irnos a esos extremos tan peligrosos que dañan el testimonio de la iglesia de Cristo en el mundo. Además, cuando notamos que uno de los capítulos más largos de nuestra Confesión de Fe es el que concierne a la Iglesia, confirmamos que estamos delante de uno de nuestros distintivos como bautistas históricos, es decir, el mismo hecho de identificarnos con esta interpretación histórica incluye el concepto de iglesia tanto hacia adentro de ella como hacia afuera. Es decir, hacia adentro: nuestros conceptos de ella, pero su fundamento, constitución, membresía, oficios, liderazgo, objetivos, armas de milicia y otros, así como hacia afuera: sus labores, cooperación, relaciones, asociaciones y más.

 

Sin duda que si hay un principio que requiere humildad, amor, paciencia y oración, son las relaciones entre iglesias. Siempre los egos, la falta de amor, paciencia, ese individualismo e insensibilidad, pero esa falta de integridad doctrinal, descuido, liviandad, hacen que lo que pudiera ser de gran bendición, se haya convertido en rivalidades y peleas entre iglesias. Para ellos vamos a tomar como punto de partida Hechos 15 y el famoso Concilio de Jerusalén. Sin embargo, es necesario advertir desde el inicio que hay algunos asuntos en este texto neotestamentario que no serán normativos, pero que nos muestran principios generales que en verdad tenemos que aplicar según las otras Escrituras del Nuevo Testamento nos lo enseñan. Hago referencia, por ejemplo, a los resultados dietéticos de este Concilio: «sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre» (Hch.15:20). Seguramente nuestra convicción no es seguir sus requerimientos de lo que el creyente del Nuevo Pacto debe comer o no, pero eso no indica que sus principios morales, espirituales, y mucho más, la manera como se solucionó este conflicto, es de suma importancia y modelo.

 

El Conflicto

Hubo un problema que reveló de qué manera las iglesias se veían a sí mismas en relación con otras. El asunto que desembocó en el gran concilio de Jerusalén que se llevó a cabo más o menos para el año 50, se presenta en el v.1: «Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos». Por supuesto que hablábamos de algunos cristianos judíos que venían de Jerusalén a Antioquía y tenían cabida, no solo en esta sino en las nacientes iglesias de Cristo, enseñando una unión entre la salvación por fe y obras. Esto atrajo un conflicto enorme entre los hermanos, entre los cristianos de esas iglesias afectadas. ¿Cómo se resolvería el problema en una iglesia que cada día se extendía más por Asia Menor? ¿Se iba a resolver como un problema personal entre Pablo, Bernabé y algunos hermanos? Leamos entonces.

 

Hch.15:2-5: «Como Pablo y Bernabé tuviesen una discusión y contienda no pequeña con ellos, se dispuso que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, habiendo sido encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos. Y llegados a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia y los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés».

 

Así es que se dispuso, por parte de los apóstoles de Jerusalén, una reunión. Recordemos que en vida, ellos eran como pastores de la iglesia de Cristo. Es necesario aclarar que hoy la presencia apostólica es reemplazada por el fundamento apostólico del Nuevo Testamento. Pero continuemos con uno de los conflictos más grandes de la iglesia en el primer siglo. Tanto Pablo y Bernabé a favor del evangelio, como los hermanos que estaban enseñando contrario al evangelio de la sola Gracia se dirigieron a Jerusalén. Y esto nos muestra el principio que todas las iglesias debemos perseguir: que diferencias pueden y deberían aclararse sin egos prominentes que interrumpan dicha comunión. Nótese también que el asunto, al involucrar a muchas iglesias, su bienestar y unidad, fue tratado con representantes de estas congregaciones: Pablo y Bernabé, los apóstoles y los ancianos, pero de cara a las iglesias, no a su espalda ni con su desconocimiento. Eso lo concluimos porque los hermanos que vinieron de otros lugares lo hicieron enviados por sus iglesias y en Jerusalén, la sede de este Concilio, la iglesia les dio una recepción digna. Así expusieron el caso en esa reunión: «Y se reunieron los apóstoles y los ancianos para conocer de este asunto» (v.6). Esto no fue de poca discusión (v.7ª). En una exposición maravillosa, los apóstoles Pedro, Pablo y Bernabé, hacen una de las mejores y más preciosa apologías al evangelio de la gracia de Dios. Y se tomó una resolución que leemos en Hch.15:22: «Entonces pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la iglesia, elegir de entre ellos varones y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé: a Judas que tenía por sobrenombre Barsabás, y a Silas, varones principales entre los hermanos».

 

En una decisión consensuada, se determinó que ellos eran encargados de llevar una comunicación: «a los hermanos de entre los gentiles que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia» (v.23). Y aquí a modo de paréntesis, miremos que la medida tomada en este Concilio no abarcaba a toda la iglesia de Cristo sino que era una medida particular para las iglesias que estaban siendo afectadas. Es distinto una medida como la que leemos en Hechos 15 que la medida de 1 Cor.14:33b y 34 donde la resolución abarca a toda la iglesia de Cristo y no solo algunas: «Como en todas las iglesias de los santos, vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice». Hasta aquí el paréntesis. Es interesante que esta determinación y orden que surgió de iglesias en cabeza de sus representantes, basados en el fundamento de los apóstoles sea señalada así en el v.28: «Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias».

 

En el caso de los Pablo y Bernabé se fueron a su iglesia en Antioquía. Note los vv.30-35: «Así, pues, los que fueron enviados descendieron a Antioquía, y reuniendo a la congregación, entregaron la carta; habiendo leído la cual, se regocijaron por la consolación. Y Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras. Y pasando algún tiempo allí, fueron despedidos en paz por los hermanos, para volver a aquellos que los habían enviado. Mas a Silas le pareció bien el quedarse allí. Y Pablo y Bernabé continuaron en Antioquía, enseñando la palabra del Señor y anunciando el evangelio con otros muchos». Una medida temporal fue tomada, y llevada a cabo. Medidas extraordinarias fueron puestas en marcha, y luego de un tiempo, las cosas volvieron a la normalidad, como se puede apreciar no solo en el libro de Hechos sino en la normatividad por vía de preceptos que encontramos en las cartas apostólicas.

 

Lecciones preliminares

¿Qué podemos aprender de esto? Una visión superficial de estos textos podría afirmar que la iglesia de Jerusalén era la madre de todas y que todo se regía según el orden que ella diera. Muchos han llevado esta observación para justificar denominaciones y la figura de iglesias madre/hijas y establecer presbiterios formales o de facto, ya sea iglesias sobre iglesias o pastores sobre pastores, sea esto, como insistimos, formalmente o de facto. Esta conclusión no es del todo verdad por dos asuntos. Primero, dando por sentada la realidad de la historia de la redención en el primer siglo donde la iglesia de Jerusalén pudo llegar a fungir como la fuente y de cierta manera rectora, lo que era normativo no era tanto la iglesia de Jerusalén sino los apóstoles. Por eso en revelación posterior se exhorta a la iglesia a establecerse sobre el fundamento de apóstoles y profetas (Ef.2.20) no sobre el fundamento de una iglesia en particular. Segundo, que las cartas del Nuevo Testamento nos muestran que la gran mayoría de los asuntos que se presentaban en las iglesias, y muchas veces de iglesias entre iglesias, ser resolvían en medio de ellas y que no se convocaba un concilio general por cada problema que estas afrontaban en su interior. Si bien, este Concilio intereclesial tuvo su lugar, apelar a la normatividad de tales concilios para el cuidado de las iglesias no hace justicia a la manera como el resto del Nuevo Testamento razona. Nótese como un ejemplo Rom.15:26, donde iglesias de dos regiones atendieron una necesidad: «Porque Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una ofrenda para los pobres que hay entre los santos que están en Jerusalén». Aquí encontramos un acuerdo dirigido entre las iglesias de Macedonia y Acaya, una cooperación natural de un sector de la iglesia favoreciendo a otras.

 

1. Iglesia universal y local

Para entender la relación intereclesial debemos primero entender las dos facetas de la iglesia, universal y local. Creo que entendemos que la iglesia tiene una expresión universal de todos aquellos que por gracia y mediante la fe en Jesucristo han sido añadidos a la familia de Dios. Pero hay una dimensión local, y es ese grupo de creyentes, miembros de la iglesia universal, localizados en un lugar, reunidos bajo la Palabra de Dios, que han acordado de manera voluntaria andar juntos bajo la misma luz que tiene de la Palabra de Dios. Ambas realidades son verdad y una exageración de una de ellas nos hará caer en aberraciones o desviaciones. Aquellos que menosprecian el aspecto local de la iglesia piensan que, desde que sean creyentes no importa la iglesia local a la que se pertenezca, es más, no creen que uno deba pertenecer a una, no creen en la membresía de la iglesia local. Van y vuelven de iglesias porque al final “todos somos cuerpo de Cristo”. Es un desorden no contemplado en el Nuevo Testamento, creyentes y miembros de la iglesia universal pero no de una iglesia local. Pero menospreciar la universidad de la iglesia ha hecho que muchos piensen que es la iglesia local y solo su iglesia local, la única y verdadera iglesia. estos no reconocen sino los creyentes de su propia iglesia y se niegan a cualquier trato intereclesial por esto mismo.

 

2. La independencia de la iglesia local y su autoridad propia

Las iglesias locales son entidades independientes y autónomas. Estas palabras deben ser explicadas para que no digan lo que no están destinadas a comunicar. Independientes no en el sentido de un desprecio o indiferencia al aspecto universal de la iglesia de Cristo ni las relaciones entre iglesias, sino que cada iglesia no depende de otras para su funcionamiento, salvo en casos irregulares donde deba recibir apoyo de otras de manera puntual, sigue considerándose a cada iglesia como individual. Lo decimos, entre otras desviaciones, por los concilios formales o de facto o una manera común hoy de expugnar también el principio, saber de “una iglesia local” con distintas sedes. Entendemos que no son las únicas maneras de pervertir la independencia de la iglesia local, pero continuemos. Autónoma quiere decir que la iglesia local, basada en la Palabra de Dios, tiene la autoridad para establecer el orden, llevar a cabo su adoración, disciplina y el reconocimiento de sus oficiales. E insisto, en apego estricto a la Biblia.

La Confesión de Fe en 26:7 afirma:

“A cada una de estas iglesias así reunidas, el Señor, conforme a su voluntad declarada en su Palabra, ha dado todo el poder y autoridad en cualquier sentido necesario para realizar el orden en la adoración y en la disciplina que él ha instituido para que lo guarden; juntamente con mandatos y reglas para el ejercicio propio y correcto y la ejecución del mencionado poder”.

 

¿Cómo justificamos la independencia de la iglesia local?

Es una tarea que requeriría más estudio pero permítame ir sobre lo más obvio. Cuando lees en Apocalipsis el trato que el Señor Jesucristo tiene con su iglesia, notas cómo Él trata a cada iglesia en particular, a cada una en sus propias virtudes y debilidades y no responsabiliza a otra iglesia por el fracaso de una ni alaba a otra por lo que se está haciendo en una. Ap.1:20: «El misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra, y de los siete candeleros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias». Dios tratando con cada iglesia en particular y a través del mensajero de cada iglesia. Luego lees en cada introducción: «Escribe al ángel de la iglesia en…», y generalmente: «yo conozco tus obras». No se trata a todas como una, sino a cada una en particular. Esto tiene muchas aplicaciones e implicaciones.

 

Ahora, al ir a Hechos 15 apreciamos que las iglesias locales involucradas no pierden su identidad, es decir, que  se reconoce la singularidad de las iglesias locales. Hch.15:3-4: «Ellos, pues, habiendo sido encaminados por la iglesia [de Antioquia], pasaron por Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos. Y llegados a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia y los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos». Luego la carta enviada a creyentes particulares: «y escribir por conducto de ellos: Los apóstoles y los ancianos y los hermanos, a los hermanos de entre los gentiles que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia, salud», y al final en el v.30: «Así, pues, los que fueron enviados descendieron a Antioquía, y reuniendo a la congregación, entregaron la carta; habiendo leído la cual, se regocijaron por la consolación», luego en el v.33: «Y pasando algún tiempo allí, [Judas y Silas] fueron despedidos en paz por los hermanos, para volver a aquellos que los habían enviado». Existen iglesias particulares no distintas sedes, vemos además una organización particular de cada iglesia donde hay ancianos propios, donde en medio de cada congregación los delegados fueron enviados sin pedir permiso a nadie externamente y vemos gente que retornan a sus propias iglesias, a su propia iglesia. Al final no iban con la idea que todo es lo mismo sin distinciones entre iglesias.

 

¿Cómo justificamos su autonomía?

Que la autoridad de la iglesia es una facultad de una iglesia reunida en dirección de sus pastores queda claro en afirmaciones bíblicas como: «Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano. De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt.18:17-20). Note aquí en un ejemplo del ejercicio disciplinario varios puntos de enseñanza. Primero, que los asuntos tratados tienen que ver con la reunión y acuerdo de la iglesia bíblicamente organizada y legítimamente reunida. Segundo, que Dios respalda el ejercicio de esa autoridad en cada iglesia local sin necesidad de la aprobación de un estamento externo a ella misma. Tercero, que no importa el tamaño de la iglesia, tienen dicha autoridad de parte deDios y todas sus facultades.

 

El caso de 1 Corintios 5 era muy grave. Se trataba de una fornicación fatal, un hombre pecando con su madrastra. La iglesia debería enfrentar este conflicto, pero ¿Cómo? «En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús»(vv.4y5). Si se fijó, el apóstol no le habla al pastor solamente para que a monto propio discipline al ofensor, ni siquiera a un pequeño grupo de entre la iglesia. Si bien, el orden de la iglesia no es menoscabado y aun cuando la disciplina sea dirigida por los pastores, la instrucción apostólica es reunirse sobre el fundamento de las enseñanzas apostólicas (mi espíritu), y en el poder de Jesucristo dado a la iglesia y actuar expulsando al pecador impenitente. Esto queda refrendado por las palabras del apóstol en el v.13: «Porque a los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros». Este principio no anula que en la iglesia el oficio pastoral dirija y guíe los acuerdos de la iglesia. No podemos caer en el error que, por guardar la iglesia de abusos, resultemos democratizando la iglesia, donde la iglesia se pastorea a sí misma por el acuerdo que todos los miembros puedan tener donde el oficio del pastor, en este caso, se anula y la iglesia se convierte en su propio pastor lo que es una tremenda irregularidad. Más bien lo que la Confesión afirma es que el poder eclesial no ha sido dado al pastor o a algún grupo dentro de la iglesia. Esta es pues su autonomía.

 

Las relaciones Fraternales entre iglesias

Nuestra Confesión de Fe señala:

“Puesto que cada iglesia, y todos sus miembros, están obligados a orar continuamente por el bien y la prosperidad de todas las iglesias de Cristo en todos los lugares,y en todas las ocasiones ayudar a cada una dentro de los límites de sus áreas y vocaciones, en el ejercicio de sus dones y virtudes,así las iglesias, cuando estén establecidas por la providencia de Dios de manera que puedan gozar de la oportunidad y el beneficio de ello,deben tener comunión entre sí, para su paz, crecimiento en amor y edificación mutua”.

 

Así como el aspecto universal de la iglesia de Cristo no debe menoscabar la realidad local de ella, tampoco un énfasis indebido en el aspecto local de la iglesia, debe desentendernos de su universalidad. Cada iglesia local también debe entenderse como un candelero entre muchos en medio del cual el Señor Jesús se pasea. «Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro» (Ap.1:12,13); «El misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra, y de los siete candeleros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias»(v.20). De manera que tenemos, a la luz de esta otra realidad, obligaciones morales con otras iglesias locales de Cristo donde quiera que ellas estén. Parte de nuestra responsabilidad es orar por ellas, ayudar según nuestras posibilidades en su establecimiento, crecimiento, protección, etc. Sin embargo, será necesario, que de acuerdo a las providencias que Dios en su soberanía otorgue o de acuerdo a las posibilidades que se tengan, las iglesias locales estén en disposición de hacer más por ellas.

 

Por supuesto que este afecto fraternal se mostrará en las maneras más prácticas posibles y aquí se nos señala una forma bastante virtuosa de mostrar ese amor, la oración constante por ellas: «orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu,y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos» (Ef.6:18); «Pedid por la paz de Jerusalén; Sean prosperados los que te aman» (Sal.122:6). Pero orar no es lo único que las iglesias deben hacer a favor de las demás, pues según las providencias, las iglesias pueden llegar a cooperarse en el sostenimiento ocasional de obreros: «Os recomiendo además nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea; que la recibáis en el Señor, como es digno de los santos,y que la ayudéis en cualquier cosa en que necesitede vosotros; porque ella ha ayudado a muchos, y a mí mismo. Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús» (Rom.16:1-3); «Nosotros, pues, debemos acoger a tales personas, para que cooperemos con la verdad. Yo he escrito a la iglesia; pero Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe. Por esta causa, si yo fuere, recordaré las obras que hace parloteando con palabras malignas contra nosotros; y no contento con estas cosas, no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se lo prohíbe, y los expulsa de la iglesia» (3 Jn.8-10).

 

Otro asunto bien practico que muestra ese amor fraternal entre las iglesias, puede ser en benevolencia para los necesitados en otras congregaciones: «Porque Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una ofrenda para los pobres que hay entre los santos que están en Jerusalén» (Rom.15:26); «Asimismo, hermanos, os hacemos saber la gracia de Dios que se ha dado a las iglesias de Macedonia; que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad. Pues doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aún más allá de sus fuerzas, pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los santos» (2Cor.8:1-4) y los vv.16-24 y 2 Cor.9:12-15.

 

Por último, el amor fraternal puede evidenciarse por una frecuente comunicación con las demás iglesias locales. «Porque quiero que sepáis cuán gran lucha sostengo por vosotros, y por los que están en Laodicea, y por todos los que nunca han visto mi rostro» (Col.2:1); «Siempre orando por vosotros, damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, habiendo oído de vuestra fe en Cristo Jesús, y del amor que tenéis a todos los santos […] como lo habéis aprendido de Epafras, nuestro consiervo amado, que es un fiel ministro de Cristo para vosotros, quien también nos ha declarado vuestro amor en el Espíritu» (Col.1:3-4,7-8). «Todo lo que a mí se refiere, os lo hará saber Tíquico, amado hermano y fiel ministro y consiervo en el Señor […] Os saluda Epafras, el cual es uno de vosotros, siervo de Cristo, siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones, para que estéis firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere»(Col.4:7,12).

 

Podemos mirar, ya sea por vía de ilustraciones o de implicaciones, esa fraternidad, reconocimiento mutuo y comunicación entre iglesias existente en las regiones donde se encontraban. Nótese que esta comunión era providencial, es decir, dada por Dios. Era natural, es decir, no forzada, y era una comunión regional, lo que nos confirma la enseñanza de la Confesión de fe cuando habla de “dentro de los límites de sus áreas y vocaciones, en el ejercicio de sus dones y virtudes” (26:14). Esto parece indicar que es un deber tener comunión sin dejar de ser sensibles a las limitaciones providenciales. Podemos ver la cooperación y comunión de las iglesias en Galacia: «y todos los hermanos que están conmigo, a las iglesias de Galacia» (Gal.1:2); la comunicación entre Colosas y Laodicea: «Cuando esta carta haya sido leída entre vosotros, haced que también se lea en la iglesia de los laodicenses, y que la de Laodicea la leáis también vosotros» (Col.4:16). O el ejemplo más obvio, las siete iglesias registradas en Asia menor: «Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir, y de los siete espíritus que están delante de su trono» (Ap.1:4). Esa cooperación conjunta se muestra en el hecho que todas las iglesias enviaran sus mensajeros a Juan para recibir el mensaje que conocemos.

cop3Los beneficios espirituales de la fraternidad y cooperación entre iglesias

La Confesión Bautista de fe afirma:

“así las iglesias, cuando estén establecidas por la providencia de Dios de manera que puedan gozar de la oportunidad y el beneficio de ello, deben tener comunión entre sí, para su paz, crecimiento en amor y edificación mutua” (26:14).

 

El amor (práctico) entre las iglesias, es un don que viene como producto del intencional conocimiento y la comunicación que puedan generar entre ellas. En otras palabras, las iglesias deberían procurar y ser solícitos en conocerse, comunicarse y tenerse en cuenta. No puede haber amor práctico a menos que haya comunión creciente. Además, el alejamiento o desconocimiento entre iglesias genera más bien suspicacias y divisiones (1Jn.4:1-3). En los textos que se han citado anteriormente vemos el deseo de Dios de procurar el bienestar de toda la iglesia. Así, cada iglesia, en lugar de encerrarse en sí misma, se ve como parte del reino de Dios el cual avanza en todas las iglesias locales. Así como una iglesia local, hoy puede estar generando compañerismo y ayuda, mañana posiblemente esté en el centro recibiéndola.

 

Entre los beneficios espirituales de la fraternidad entre iglesias está la ayuda mutua, comunión cercana, el contexto apropiado para la promoción de la paz, el crecimiento en amor y edificación mutua. Los dones que Dios ha concedido a una iglesia local, dones como recursos materiales o de personal, dones de distintos grados de conocimiento e instrumentalidad entre los mismos pastores, experiencia, sabiduría, eficacia en algunos trabajos, también deberían tener un aspecto corporativo más amplio donde, según las posibilidades de cada iglesia, las pone al servicio de otras. De esta manera el cuerpo de Cristo se beneficia de una forma real, bien espiritual y se aleja de esas manifestaciones de amor que más bien apuntan a la unanimidad más que a la unidad, y a la aglomeración de gentes bajo ministerios (muchas veces paraeclesiales), más que a la fraternidad espiritual. Hablamos de este animo de “mega-unanimidad externa” que tanto se promueven en otros círculos y donde se presiona a otras iglesias a participar so pena de ser señalados de divisionistas. Generalmente estos ministerios no son centros de promoción de la verdadera unidad que es sobre la verdad expuesta, clarificada e implicada. Estas exhibiciones cosméticas de amor, de abrazarnos juntos a favor de slogan o emblemas emotivos, más bien corresponden a un sentimentalismo que al final queda vacío de provecho real y espiritual para el cuerpo de Cristo.

 

El caso especial de las Asambleas consultivas

“En casos de dificultades o diferencias respecto a la doctrina o el gobierno de la iglesia, en que las iglesias en general o una sola iglesia están preocupadas por su paz, unión y edificación; o uno o varios miembros de una iglesia son dañados por procedimientos disciplinarios que no coincidan con la verdad y al orden, es conforme a la voluntad de Cristo que muchas iglesias que tengan comunión entre sí, se reúnan a través de sus representantes para considerar y dar su consejo sobre los asuntos en disputa, para informar a todas las iglesias involucradas. Sin embargo, a los representantes congregados no se les entrega ningún poder eclesiástico propiamente dicho ni jurisdicción sobre las iglesias mismas para ejercer disciplina sobre cualquiera de ellas o sus miembros, ni para imponer sus decisiones sobre ellas o sus oficiales” (26:15).

 

No se puede negar que esta sección de la Confesión de Fe, sugiere asuntos conflictivos, porque se habla de cuando hay dificultades, diferencias y perjuicios entre las iglesias o en medio de una. Debemos recordar que el ideal es, primero, que no existan conflictos tan viscerales que hagan necesaria una intervención tan compleja de otras iglesias para poderlas resolver como lo afirma 1 Cor.6:7ª: «Así que, por cierto es ya una falta en vosotros que tengáis pleitos entre vosotros mismos». Lo segundo, se esperará siempre que cada iglesia local tenga la capacidad de atender los asuntos que le competen de manera bíblica y con la mayor madurez que se pueda y que crezca en esta capacidad, pues está escrito este buen principio: «¿Pues qué, no hay entre vosotros sabio, ni aun uno, que pueda juzgar entre sus hermanos?» (1 Cor.6:5). Por supuesto que esta debe ser la norma y lo que caracterice la vida de las iglesias locales.

 

Sin embargo, parece sugerirse, que debido a la debilidad o inmadurez de individuos e iglesias, puede llegar el caso de afrontar conflictos complejos al interior de ellas o de unas para con otras. Es obvio que el principio bíblico en casos donde una iglesia carezca de alguna capacidad o luz para resolver un asunto, es el de buscar consejeros para hallar sabiduría y no ser sabios en su propia opinión. Este debe ser el camino a seguir, antes de permanecer en un estado que llegue a destruir o dividir las iglesias locales solo por la actitud orgullosa de pensar que nuestra iglesia no tiene puntos débiles y que no necesitamos del ojo o la mano que Dios dio al cuerpo. «Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas. No seas sabio en tu propia opinión; Teme a Jehová, y apártate del mal» (Prov.3:5-7); «El camino del necio es derecho en su opinión; Mas el que obedece al consejo es sabio» (Prov.12:15); «Ciertamente la soberbia concebirá contienda; Mas con los avisados está la sabiduría» (Prov.13:10).

 

Posibles razones

La Confesión de Fe provee de ciertos casos ejemplares donde aplican las asambleas consultivas como dificultades o diferencias respecto a la doctrina o el gobierno de la iglesia, asunto que puede perturbar el orden en una congregación local. Además, el caso en que uno o varios miembros de una iglesia lleguen a ser dañados por procedimientos disciplinarios que no coincidan con la verdad y al orden. Aquí obviamente hay que advertir que las asambleas consultivas no son el privilegio al que puede apelar quien no desea someterse a la Palabra de Dios y quiere buscar en otra iglesia o grupo de personas que se le dé la razón. Gente llega a otras iglesias poniendo en duda el ministerio de la Palabra en iglesias Bíblicas por supuesto, desafiando la autoridad de sus pastores, quienes luego de ser reprendidos buscan la ayuda de otras iglesias que apoyen su manera de actuar, y lo lamentable es que de vez en cuando ¡Las encuentran! Las asambleas consultivas son un privilegio de las iglesias que reconocen alguna limitación en un procedimiento, que, basadas en la verdad y confianza, están dispuestas a acudir a los dones que Dios ha dado a otras iglesias para hacer la voluntad del Señor, pero jamás pueden ser un elemento que mine y menoscabe la independencia y la autoridad legítima de una iglesia local ni mucho menos afirme a gente rebelde en sus propios pecados.

 

Nótese que la procura de dichas asambleas tiene que ser siempre el guardar la unidad y la paz en la iglesia en lugar de abrigar o estimular un espíritu divisivo o vengativo, pues siempre se debe observar el principio: «o pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Ef.4:1-3). Lo que se propone aquí es que es conforme a la voluntad de Cristo que muchas iglesias que tengan comunión entre sí, se reúnan a través de sus representantes para considerar y dar su consejo sobre los asuntos en disputa, para informar a todas las iglesias involucradas (Gal.2:2).

 

Las asambleas consultivas tienen su limitación. Estas asambleas son estrictamente consultivas y de ninguna manera se deben convertir en autoritativas. Aun, la iglesia que solicita la intervención de otras, debe entender que finalmente es asunto propio el considerar el consejo y tomar una posición. La Confesión de Fe aclara que a los representantes congregados no se les entrega ningún poder eclesiástico propiamente dicho ni jurisdicción sobre las iglesias mismas para ejercer disciplina sobre cualquiera de ellas o sus miembros, ni para imponer sus decisiones sobre ellas o susoficiales. Es muy importante notar esto. Nótese con sumo cuidado que aun cuando el Concilio de Jerusalén, en vida y ministerio de los apóstoles y con la compañía del Espíritu Santo, emitió una resolución para la paz y convivencia, jamás emitió un comunicado de qué hacer o no con respecto a aquellos que habían sembrado mala voluntad en medio de cada iglesia local. ¿Por qué? Porque ni siquiera, tal Concilio tenía potestad para involucrarse hacia adentro de la iglesia en los asuntos de disciplina y orden con respecto a los involucrados. Esa tarea le correspondía tratar a cada iglesia hacia adentro. Cada iglesia de forma independiente y autónoma debería aplicar o no los correctivos correspondientes a quienes estaban menoscabando el evangelio de la gracia involucrando las obras.

 

También, aquí es muy necesario diferenciar entre una norma autoritativa, la cual viene de la Palabra inspirada de Dios y no tiene discusión, y un consejo que no es en sí autoritativo sino considerativo. La única obligación que impone un consejo es la obligación de considerarlo. Aun así, el aconsejado tiene gran responsabilidad porque si el consejo es bíblico, debe ser atendido, no en virtud de quien provenga o la manera, sino porque es la Palabra de Dios quien lo manda. Tanto las iglesias que solicitan ayuda como las que ayudan, deben guardar su posición. Es muy fácil pasar la línea cuando no hay en todos este conocimiento. Pastores resultan poniéndose bajo la autoridad de otros y lo más frecuente, pastores resultan situándose implícitamente como autoridad sobre otras iglesias.

 

Implicaciones finales

Para poder andar en buenas relaciones entre iglesias, no podemos tomar parte de la verdad y andar en ella, sino tomar todos los datos en cuenta. Aquí es mejor y en efecto, completamente seguro, que nos fiemos en lo que enseña la Biblia. Ha ocurrido que teólogos han tenido en mente casos especiales y específicos y de esta manera se acercan a los mismos textos aquí citados para confirmar la idea que ya tenían de la iglesia y sus relaciones intereclesiales. Bajo esta hermenéutica conveniente, la verdad es que cualquier cosa se puede comprobar. Por eso insistimos en la necesidad de descubrir la armonía que la misma Biblia ofrece y de allí derivar nuestro proceder. Esperamos con humildad que las implicaciones de lo explicado anteriormente hayan surgido de la enseñanza obvia de la Palabra de Dios.

 

No existe el denominacionalismo ni los presbiterios

Este concepto particular de iglesia y de relaciones entre ellas hace que no creamos en la figura denominacional. Hablamos de esa estructura formal donde las iglesias se unen bajo un gobierno ya sea de una persona o una junta, que agrupa iglesias y donde hay diversos niveles de compromiso y ayuda, por no decir que de dependencia. Bajo esta figura cada iglesia hasta puede llegar a tener libertad hasta cierto punto pero no completamente, pues la denominación ofrece el marco general. La visión de la denominación es una. Usted está dentro o fuera en la mayoría de los casos. Bajo esta estructura existe otra figura ajena a la enseñanza del Nuevo Testamento como o es la “iglesia madre” e “iglesias hijas”. Entiéndase aquí la “iglesia madre” como la iglesia fuente de otras a la que hay que obedecer, la que hace disposiciones, la que está sobre una o muchas. Las iglesias llamadas “hijas”, en este contexto, no gozan de independencia y rara vez bajo este marco denominacional, las iglesias “hijas” reconoce sus propios ministros. Estos son impuestos por la denominación o las famosas iglesias “madres”. Reconocemos que iglesias pueden hacer trabajos misioneros formando iglesias, lo que le otorga a una iglesia autoridad sobre grupos en conformación. Pero luego que estos grupos se constituyan como una iglesia del Nuevo Testamento, este vínculo de dependencia desaparece.

 

A veces es una iglesia o una junta directiva o en el peor de los casos, un individuo a manera de presidente, al que fielmente se le dan reportes y parte de las ofrendas. Los bienes de las iglesias son de la denominación, no de la iglesia misma quien ha puesto de sus recursos para la consecución de muchos de los elementos que usan. Las iglesias Bautistas no nos unimos para formar una denominación, aunque contrario a nuestra naturaleza, sabemos que existen denominaciones bautistas. Nuestro concepto de la iglesia según las Escrituras no prohíbela unidad, la unión en trabajos en causas temporales, pero no como un concilio o denominación, pues en principio es un atentado directo a la independiencia y autonomía de la iglesia local y donde por consecuencia se ven asaltados toda clase de principios eclesiásticos, sea por normas o de facto. La figura de una denominación formal permanente es ajena a la enseñanza del Nuevo Testamento.

 

Segundo, no creemos en presbiterios formales ni de facto. Hablamos de la figura de presbiterio, sea formal o no, cuando un grupo de pastores rigen la vida de otras iglesias locales ajenas a la suya. Esta figura puede ser explicada como que los pastores de la iglesia A, B y C, se reúnen y forman un cuerpo de gobierno unificado para regir las iglesias A, B, C, D, E, F, G, etc. Aquí la autonomía de la iglesia es sacrificada en aras de la unidad de mente. La visión bautista confesional de iglesia nos arroja a no creer en iglesias sobre iglesias o como autoridad sobre otras, en pastores ejerciendo autoridad sobre otros o sobre otras iglesias donde no son pastores. Por ello, entender bien los principios de independencia y autonomía nos lleva a esta implicación.

 

Las iglesias Bíblicas y pastores legítimos se tratan entre pares

Sin duda que es una derivación del punto anterior. Las iglesias tenemos un marco Bíblico bien definido a la hora de relacionarnos y de considerar a otras iglesias y su liderazgo. Debe haber amor, consideración y respeto por sus membresía, por el liderazgo de cada congregación bíblica. Hay lealtad entre ellas, y todas reconocemos ser fuertes en algunos asuntos, y débiles en otros. Reconocemos las fortalezas de otras iglesias y sus debilidades. Aun reconocemos que esas iglesias son iglesias de Cristo independientes y autónomas, y que los pastores legítimos, aun cuando deban ser muy ayudados por el nivel de madurez que tengan, son pastores que el Espíritu Santo puso sobre ese pueblo. Nuestro trato entre iglesias de Cristo, iglesias hermanas, si es que las hemos reconocido como tal, debe ser digno, y nuestro trato para con su liderazgo establecido, debe reflejar este entendimiento.

 

Las iglesias se esfuerzan en comunión y se cooperan

Entre las iglesias Bíblicas no debería haber indiferencia sino identificación. El problema de una viene a cargar a otras y por eso los deberes de oración, de consejo, de ayuda. Como el Señor no trata a todas las iglesias exactamente igual, nos cooperamos en un buen espíritu, en humildad pero en la verdad de la Palabra de Dios. Aquí debe haber humildad pues entre pastores podemos hablarnos muchas cosas para edificación. Cuando una iglesia hermana nos hace ver nuestros propios errores, que no somos capaces de ver por nosotros mismos como algunas veces sucede, meditamos en su consejo, pensamos y hacemos lo que sea de beneficio para el cuerpo de Cristo. Eso es comunión y cooperación.

 

Las iglesias no buscan socavarse entre ellas sino fortalecerse

El Concilio de Jerusalén nos enseñó que las medidas buscaron fortalecer las iglesias no hacer acuerdos con quienes planteaban una división, debilitando la labor de quienes lucharon por el evangelio. Solo imagine el cuadro imaginario de la dificultad de Pablo y Bernabé al ver que luego de la resolución del Concilio, los judíos con quienes tuvieron un conflicto no pequeño, se hubieran ido a otras iglesias y allí hubiesen sido recibidos sin problema. En este supuesto caso, las iglesias que hubiesen recibido a estos judíos alborotadores que no quisieron aceptar las resoluciones del Concilio, hubiesen debilitado a las iglesias que enfrentaron tal conflicto y lucharon por la verdad. Eso hubiese sido el ejemplo de iglesias socavando iglesias, de iglesia socavando la verdad que se defendió en otras, eso es un atentado a la verdadera unidad de la iglesia, eso es un espíritu antibíblico. En esto observamos mucha liviandad en el trato entre iglesias porque algunas parecen andar con la filosofía que: “Desde que el asunto no me haya afectado”, no importa si socavo o no el ministerio de otras iglesias. El Concilio de Jerusalén defendió la verdad y no socavó el ministerio de estos apóstoles ni la lucha que Pablo y Bernabé habían dado a favor de la verdad. Los respetaron, los apoyaron en esta causa justa y les dejaron a ellos y al interior de cada iglesia, resolver qué hacer con aquellos que habían perturbado el orden de cada congregación.

 

Las iglesias pueden unirse para su ayuda, cooperación y temporalmente para un fin común, sin necesidad de asociaciones formales

Si recordamos los beneficios espirituales de la cooperación entre iglesias, todo el rango de nuestras obligaciones morales hacia ellas, el orar por ellas, ayudar según nuestras posibilidades en su establecimiento, crecimiento, protección, el sostenimiento ocasional de obreros, benevolencia para los necesitados en otras congregaciones, el mantener frecuente comunicación con las demás iglesias locales, la fraternidad, todo esto se puede realizar de manera juiciosa, leal y comprometida sin necesidad de una asociación formal. El peso de la Palabra de Dios es suficiente. Por supuesto que en ocasiones iglesias pueden unirse de forma aún más permanente para ciertos asuntos, pero eso no las hace una asociación formal y permanente sino temporal. Un vistazo de nuevo a Hechos 15 nos lo aclara. Terminado el conflicto, la asamblea fue disuelta y no se mantuvo permanentemente como estamento autorizado para la resolución de cada conflicto que apareciera en las iglesias.

 

Recordemos que la iglesia de Corinto estaba cooperando con otras para un asunto de benevolencia. Esto lo podemos ver en 2 Cor.8-9. Aquí había unión y cooperación entre iglesias. Simultáneamente esta iglesia estaba enfrentando en su interior el caso de la inmoralidad planteada en 1 Cor.5 y un asunto doctrinal muy relevante, como el caso de quienes estaban negando la resurrección, según 1 Cor.15. Pero nótese por favor que cooperación hacia afuera y disciplina hacia adentro, lo estaban manejando como una iglesia independiente y autónoma no bajo el marco de un Concilio o asociación formal. ¿Lo nota? Se unieron para un asunto puntual con otras iglesias, mientras que lo común y permanente era resolver los asuntos al interior de la iglesia bajo la Palabra de Dios. Los corintios ni ninguna otra iglesia en el Nuevo Testamento crearon instituciones paraeclesiales, ni se constituyeron en asociaciones permanentes para resolver los asuntos y andar en la comunión de Jesucristo. Siempre habrá unidad, identificación, pero no al punto de perder la autonomía y la independencia ni al punto de crear figuras o estructuras que, a la vista del hombre pueden resultar útiles y puedan ser vistas como beneficiosas, pero que no van con el espíritu del Nuevo Testamento.

 

Las iglesias deben reconocer lo que Dios le ha dado a cada una

Si hay un punto que requiera humildad es reconocer que en el cuerpo de Cristo hay pastores con más luz, más eficacia y que hay iglesia más maduras o en ciertas providencias donde en general pueden ayudar más. En determinados conflictos la iglesia de Cristo sigue siendo útil con los dones que Dios le ha dado y ellos pueden iluminar el camino que para una iglesia local está oscuro. Esta es otra ventaja de la comunión entre iglesias y un cierre de filas ante los ataques de Satanás para dañarla y crear divisiones. «No que nos enseñoreemos de vuestra fe, sino que colaboramos para vuestro gozo; porque por la fe estáis firmes» (2Cor.1:24); «Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo» (1Jn.4:1). Sin duda que pueden establecerse trabajos con los que podamos beneficiarnos de los dones de otros ministerios sin necesidad de abdicar a nuestras convicciones.

Que quede bien claro, el asunto debe dirimirse por principios y no por conveniencias. Obedecer jamás nos librará de asuntos problemáticos y no aseguramos que al seguir este lineamiento, la iglesia será salvaguardada de todo mal, asunto que ni en la iglesia apostólica fue una realidad. Las iglesias jamás deberíamos obrar pragmáticamente estableciendo métodos que según nuestra perspectiva son más convenientes que bíblicos. Pero el Señor honra a quienes le honran. El Espíritu Santo guió a la iglesia a su verdadero bien, el cual no puede ser enmendado por unas manos tan débiles como las nuestras, sin experimentar la perdida en algún sentido.