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DISCIPLINA ECLESIÁSTICA

DISCIPLINA ECLESIÁSTICA
Por: Jorge Castañeda

10211Disciplina Eclesiástica
Obviamente los principios divinos se pueden refundir en una generación de tal manera que, no solo se desconozcan, sino que signifiquen lo contrario. Este es el caso de la disciplina en la iglesia local. Si preguntáramos a individuos cristianos ¿Cuáles son las marcas de una iglesia bíblica? Sabemos que difícilmente aparecería algo como, la disciplina eclesiástica. Para muchos este es un concepto ajeno y quizás para otros, cuando tal concepto sea conocido, se refiere a un procedimiento arbitrario en contra del amor y la vida de verdadera piedad en la iglesia. Algo como: “nosotros hemos preferido amar al hermano, no somos legalistas ni jueces de nadie”. Para muchos, la disciplina eclesiástica es una especie de inquisición eclesial sacada de los momentos más negros de la iglesia. Y comprobamos que, no solo el principio es completamente desconocido, sino que ahora significa lo contrario.

Sin embargo, para el creyente que medianamente se ha expuesto al Nuevo Testamento, encontrará que el concepto y la práctica de la disciplina está allí. Quizás sería más correcto aceptar que en la aplicación de la disciplina hay diferencias de interpretación, pero no en el concepto mismo y las generalidades de ella.


¿Qué es la disciplina eclesiástica?
clip image003Como nos recuerda un autor (Hezekiah Harvey): “La disciplina incluye todos aquellos procesos por los cuales una iglesia, como encargada del cuidado de las almas, educa a sus miembros para el cielo, brinda instrucción pública y privada en el evangelio, el mantenimiento de reuniones sociales para su edificación y tranquilidad y, en general, el cultivo de un espíritu que aviva y atesora la vida cristiana. En esto radica el poder principal de una iglesia. Un tono puro y saludable de la vida religiosa en el cuerpo, un espíritu que todo lo impregna de amor y lealtad a Cristo y la iglesia, son los medios más eficaces de asegurar una vida pura en los miembros individuales, porque entonces la iglesia se convierte en un imán espiritual para atraer y retener las almas en Cristo y en ella misma”. Esta disciplina se le llama disciplina regulativa o instructiva.

“Pero disciplina, en un sentido más estrecho, denota la acción de la iglesia, ya sea como individuos o como un cuerpo, y se refiere al cuidado muto de los miembros por medio de ofrecer aliento, consejos, amonestaciones y reprensiones, la resolución de las discordias personales privadas, la resolución en casos de diferencias relacionadas con cuestiones del mundo, procedimiento en caso de ofensas públicas, incluyendo todas las ofensas contra la fe y la vida requerida del miembro de la iglesia”. A esta disciplina se le conoce como correctiva con fines de restauración.

Así que permítame ir hacia los asuntos más básicos de la disciplina eclesiástica correctiva; el por qué deberíamos practicar la disciplina eclesiástica, luego, mirar con qué objetivo se usa la disciplina eclesiástica.

 

Por qué deberíamos hacer uso de la disciplina eclesiástica

1. Es bíblica
Si hubiese está sola razón del por qué deberíamos usar la disciplina eclesiástica, debería bastarnos. Es bíblica, es decir, viene de Dios, es instituida, enseñada y regulada por Dios a través de las Escrituras. No es un asunto de opinión ni de viabilidad, es un asunto revelado y de obediencia. Puedo parecer engorroso, pero déjeme leer brevemente los textos más importantes del tema:

Mt.16:18-19: ‘Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos’. Mt.18:15-17: ‘Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano’.

Rom.16:17: ‘Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos’.

1 Cor.5:1-13
[…] ‘Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción? Ciertamente yo, como ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, ya como presente he juzgado al que tal cosa ha hecho. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús’.

Gal.6:1: ‘Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado’.

1 Tes.5:14: ‘También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos’. 2 Tes.3:6-15: ‘Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros’.

1 Tim.5:20: ‘A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman’. Tito 1:13: ‘Este testimonio es verdadero; por tanto, repréndelos duramente, para que sean sanos en la fe’. Tito 3:10: ‘Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo’.

Ap.2:2: ‘Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos’. Ap.2:14-15: ‘Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco’. Ap.2:20: ‘Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que toleras que esa mujer Jezabel, que se dice profetisa, enseñe y seduzca a mis siervos a fornicar y a comer cosas sacrificadas a los ídolos’.

Cualquier renuencia al uso de la disciplina bíblica, no debe ser por falta de soporte bíblico, porque aquí se evidencia que la disciplina eclesiástica de forma correctiva con fines restauradores es un asunto completamente bíblico, pues no solo se señala su práctica, sino que se dan sus principios generales y regulaciones genéricas.

 

2. Por la realidad del pecado en la iglesia
Pensar que una iglesia no requiere el uso de disciplina eclesiástica, presupone que la iglesia no tiene el pecado como una realidad entre ella. Debe ser cierto que la relación de los hijos de Dios con el pecado es distinta a la relación que tienen los no regenerados, pues en su caso el pecado gobierna sus vidas, por lo que se le conoce, a esta relación del pecado con los no creyentes, pecado reinante (Rom.6:17). Mientras que, en el caso de los hijos de Dios, se le llama pecado remanente, pues el pecado no les gobierna, pero sus rezagos, restos o residuos, aún quedan en ellos y se evidencias en grados a veces más a veces menos (Rom.6:14).

La iglesia solo superará el pecado cuando sea glorificada en la segunda venida del Señor Jesucristo y aunque en las iglesias locales no debemos esperar, como algo natural, todas las expresiones del pecado, tampoco debería parecerle ajeno mientras la iglesia esté compuesta de pecadores. Recordemos la realidad de las reprensiones de las iglesias de Asia menor (Éfeso, Ap.2:4; Pérgamo, Ap.2:14-15; Tiatira, Ap.2:20; Sardis, Ap.3:14) recordemos los casos citados en la iglesia de Corinto, Tesalónica, Creta, solo como muestras de ello. Algo puede andar dramáticamente mal cuando un padre afirma que jamás ha necesitado reprender a alguno de sus hijos, porque la realidad de sus hijos es que vienen al mundo como pecadores (Prov.22.15). Decir que en una iglesia no ha habido la necesidad de reprensiones o exhortaciones contra el pecado, sea comunitario o individual, puede significar poco apego verdadero a la Palabra de Dios, pues cuando las Escrituras Santas se toman con seriedad, seremos reprendidos cuando no nos conformamos a ellas.

 

3. Por el llamado solemne de la iglesia
¿Por qué deberíamos hacer uso de la disciplina eclesiástica? Porque está enseñada en la bíblica, es un asunto completamente bíblico, además, porque de este lado de la eternidad, la realidad de la iglesia es estar compuesta de pecadores y debemos tener las herramientas para tratar con él. Por último, a causa del solemne llamado a la santidad de la iglesia de Cristo y al llamado como instrumento de salvación. Debido a que la iglesia es un organismo singular, es decir, no es una organización común, con fines parecidos a los del mundo, seguramente encontraremos que sus propósitos, vocación, trabajos y condiciones, son también singulares.

En los comienzos de la iglesia, en aquel evento emblemático de Hechos 5, el Señor dejó bien en claro que la iglesia debe procurar la santidad entre sus miembros y que no es tolerable el pecado sostenido ni impenitente. Ananías y Safira intentaron burlar a Dios y mantener su reputación dentro de la iglesia y el Señor les reprendió duramente. ¿Cuál fue el resultado? ‘Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas’ (Hch.5:11), ‘De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos; mas el pueblo los alababa grandemente’ (Hch.5:13). Si miramos el desarrollo del plan redentor, como nos lo presenta el apóstol Pablo en Efesios, encontramos un misterio escondido que luego fue revelado, y es que este pueblo singular, estaría finalmente compuesto de todos los que confesaran a Cristo por el Evangelio, sean judíos o gentiles. Este plan se ha desarrollado en estos términos descritos en Ef.2:20-22: ‘edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu’.

Esquivar la disciplina eclesiástica no honra nuestro llamado a ser un templo de piedras vivas, santo para el Señor. Es querer pasar el pecado por alto, no tratarlo bíblicamente, quizás bajo la excusa de un amor mal entendido o de una tolerancia o libertad cristiana mal aplicada. La iglesia debe entender su llamado solemne de ser instruida, cuidada, por los medios de gracia para ser una iglesia santa. Pero debe ejercitar la disciplina cuando entre sus miembros hay pecados sostenidos, no arrepentidos, pues entorpecen la conformidad de la iglesia a una iglesia santa, cual el Señor la quiere y por la que murió: ‘Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha’ (Ef.5:25-27).

Pero nuestro llamado también incluye la salvación del pecador. Por supuesto no hablamos que la iglesia sea la mediadora de la salvación o que ella sea la que efectivamente salve, pues este es oficio de Cristo. Pero podemos hablar de la iglesia en su función salvadora en la manera que hemos sido llamados a la proclamación del mensaje del evangelio y de cierta manera, cuando el Señor Jesús declaró que la iglesia tiene las llaves del reino de Dios (Mt.16:16), puso a la iglesia como Autoridad espiritual para predicar el evangelio y ejercer la disciplina eclesiástica en la tierra. Quizás Judas 22-23 nos ayude a entender esto: ‘A algunos que dudan, convencedlos. A otros salvad, arrebatándolos del fuego; y de otros tened misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne’. Y en el caso propio de la disciplina recordemos esta declaración acorde al propósito salvador de la iglesia: ‘Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano’ (Mt.18:15), para decirnos cuál era el propósito, ganar al hermano y ‘Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados’ (St.5:20). La salvación del que se extravió, su recuperación, restauración, sanidad, es la meta, pues hace parte del llamado de la iglesia. Así que santidad y salvación.

 

2.Objetivos de la disciplina eclesiástica, es decir, para que se usa.

1. La Gloria de Dios en la iglesia
Sabemos que el fin al cual están supeditadas todas las cosas es la gloria de Dios, no solo a nivel individual por parte de sus hijos, sino de manera comunitaria por la iglesia que Él compró por la sangre de su Hijo amado. Glorificar a Dios incluye palabras, pero no es solo eso, se glorifica a Dios por medio de la obediencia a sus instrucciones. Glorificamos a Dios cuando nos aprendemos a conducir en ‘la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad’ (1 Tim.3:15). Como dice un autor (Daniel E.Wray): “Dios es siempre glorificado cuando obedecemos su Palabra en vez de proveer para nuestra conveniencia y comodidad propias”.

Por supuesto que recordamos las palabras inspiradas del apóstol Pablo en Ef.3:21: ‘a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén’. Así glorificar a Dios no es un asunto meramente privado, sino uno corporativo. Cuando hay obediencia y celo bíblico por el Nombre de Dios, por la santidad y amor por la iglesia, Él es glorificado. No debería existir un asunto eclesiástico que en última instancia no pretende la gloria del Señor. Recordemos la exhortación de 1 Pd.4:11: ‘Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén’.

 

2. Rescatar al ofensor
La meta en cada tipo de disciplina –ya sea la tierna corrección, la amonestación, la reprensión, o la excomunión– es siempre la restauración del transgresor. Ninguna de las instrucciones bíblicas en esta materia promete que se producirá la restauración. Pero la iglesia se debe estirar a este propósito noble. La disciplina debe ser aplicada con fidelidad y sabiduría y no debemos ser negligentes en aplicar la medicina. Aun la excomunión tiene este propósito. Como Calvino observa: “Aunque la excomunión también castiga al hombre, lo hace de tal suerte que, al advertirle de su futura condenación, lo puede llamar de nuevo a la salvación” (Institución IV, XII, 10).

Recordemos las palabras de Mt.18:15: ‘y si te oyere, has ganado a tu hermano’. Las palabras del apóstol en 1 Cor.5:5, indican que la disciplina, costosa para la carne, tiene la intención de la salvación del alma: ‘el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús’. Gal.6:1 nos habla de la meta restauradora de la disciplina: ‘Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado’. La disciplina en esencia es una cruzada salvadora del alma: La palabra katartizo significa restaura, ajustar, remendar. La disciplina no es un acto punitivo donde el fin es establecer un castigo y vindicar la justicia. Aunque tiene de ello, va dirigida a la recuperación del infractor. St.5:19-20: ‘Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados’. Aquí queda destruido el mal entendimiento de la disciplina que se ve como un acto de desamor. En este sentido, la disciplina es una muestra de amor y misericordia.

 

3. Guardar la pureza y unidad de la iglesia y protegerla
Otra vez Wray: “Nunca seremos capaces de guardar la Iglesia visible en la pureza perfecta, puesto que no somos sino hombres falibles. Nuestra incapacidad para lograr la perfección en esta materia, sin embargo, no es excusa para abandonar el intento. Debemos mantener la pureza de la Iglesia visible de Cristo hasta el máximo de nuestro conocimiento y poder. Esto es tanto más evidente cuando reconocemos que la falsa doctrina y la mala conducta son infecciosas. Si éstas se toleran en la Iglesia, todos los miembros recibirán daño”. En el ámbito de la disciplina eclesiástica note la pregunta retórica del apóstol a la negativa de una iglesia para ejercer disciplina: ‘No es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?’ (1 Cor.5:6). La falta de disciplina atenta contra la pureza, sea que esta se manifieste en pecados morales, divisiones, herejías, etc.

Podemos ver el afán de mantener la pureza, la unidad y santidad de la iglesia en exhortaciones fuertes como, en el caso de los ancianos: ‘A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman’ (1 Tim.5:20). ¿Por qué la respuesta bíblica a un divisor amonestado es expulsarlo? ‘Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo’ (Tito 3:10). Porque la unidad, la pureza puede verse en peligro real. Notemos la inconformidad divina del procedimiento de la iglesia de Pérgamo: ‘Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco’ (Ap.2:14-15). ¿Por qué era malo retener al pecador allí? Porque ensenaba a pecar a otros. Lo mismo ocurre en Ap.2:20: ‘Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que toleras que esa mujer Jezabel, que se dice profetisa, enseñe y seduzca a mis siervos a fornicar y a comer cosas sacrificadas a los ídolos’. El peligro aquí era que efectivamente creyentes eran seducidos a pecar.

La iglesia que usa la disciplina, es protegida en su integridad espiritual, al mismo tiempo que progresa en santidad, escrupulosidad y gravedad. El pecado no será tomado livianamente, habrá celo por la santidad, afán porque no cunda una conducta o doctrina pecaminosa, porque no exista divisiones que afecten el testimonio de la iglesia. La disciplina es una medicina que sana verdaderamente.

 

4. Disuadir otros a pecar
En Hechos 5, luego que el Señor expusiera la gravedad del pecado de Ananías y Safira y vindicara Su santidad a los ojos de la iglesia, se lee el siguiente efecto: ‘Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas’ (v.11). La disciplina es una medida disuasiva, a la vez que es correctiva para unos, es preventiva para otros. La disciplina nos advierte y retiene en santidad. A veces perdemos la noción de la gloria de Dios en la iglesia y empezamos a ser livianos con el pecado. En el contexto de las reprensiones disciplinarias hacia un anciano, podemos ver la misma verdad: ‘A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman’ (1 Tim.5:20).

 

5. Espacio para discernir fruto de arrepentimiento en el ofensor
Sobre todo, según entendemos, cuando una persona fue sorprendida en conductas pecaminosas y no aquellas que vinieron confesando sus pecados. En este asunto, las personas sorprendidas habrán dejado de pecar y es difícil determinar si se han apartado del pecado conscientemente o solo porque fueron sorprendidas. Quizás la disciplina revele su verdadero estado. Es sabio, según el caso, mirar los frutos de arrepentimiento antes de levantar alguna disciplina.

El caso de 2 Tes.3:6-15 probablemente retrate el caso de una disciplina temporal, con el propósito de avergonzar al hermano desordenado, pero aún debe ser tratado como hermano. Recordemos que hablamos del caso de creyentes que no trabajaban por voluntad propia y estaban viviendo a costa de los demás. Debido a que el apóstol ya había dado mandatos a respecto (vv.6 y 10), debido a que él mismo había ejemplificado la conducta correcta (vv.7-9) y debido a que era una conducta publica censurable, era necesario disciplinarlos con el fin que la presión social les llevara a corregirse. La exhortación de: ‘Más no lo tengáis por enemigo, sino amonestadle como hermano’, significa que se le daba tiempo paciente para su corrección.

 

6. Cuidar el testimonio de la iglesia ante el mundo
Podemos afirmar que el trato descuidado del pecado en la iglesia, va sin duda a traer reproche del mundo. El testimonio de una iglesia puede verse terriblemente comprometido por la negativa de las iglesias a disciplinar el pecado o cuando lo hacen selectivamente. El pecado mismo traerá reproche sobre la iglesia, pero no tratarlo traería un reproche acentuado. A veces el mundo va a admirar el tratamiento sabio y bíblico hacia el pecado y tendrá una visión más clara de lo que es o no una iglesia. Ciertamente por falta de entendimiento la iglesia es acusada de hipocresía. Pero a veces la iglesia gana ese nombre por su renuencia a usar la disciplina, pues predica contra el pecado que tolera sin cuidado en sus filas.

De alguna manera, podemos recordar las palabras que Pablo les dirigió a los judíos que por su posición creían tener un derecho implícito para no obedecer. Rom.2:21-24: ‘Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros’. La iglesia debe cuidar su testimonio ante el mundo. Miremos la exhortación de 2 Pd.2:1-2 en el contexto de los falsos maestros en las iglesias: ‘Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado’. ¿Se parece a algo en la actualidad?

Deseo concluir con las palabras de Wray: “La historia del pueblo de Dios desde los tiempos del Antiguo Testamento hasta la actualidad es una gran colección de ilustraciones del hecho que el sendero a la bendición está a lo largo del camino de la verdad bíblica. Ciertamente, todo cristiano fiel desea la gloria de Dios, la prosperidad de su Iglesia y el bienestar de cada individuo en esa Iglesia. La Biblia reconoce este triple interés, y la disciplina eclesiástica bíblica salvaguarda los tres. Dejémonos, pues, enseñar por Dios y seamos líderes en la necesaria reforma de su Iglesia, estando listos para regir y actuar según sus preceptos, y no nuestra propia fantasía”.

 

Apéndice

Lo que nuestros antepasados protestantes enseñaron en lo que concierne a la disciplina eclesiástica.

Sería fácil citar extensamente algunos de los mejores teó-logos y pastores protestantes para mostrar que ellos también creyeron esencialmente lo que se ha presentado en este opúsculo. Sin embargo, es de mayor valor aún considerar lo que se ha escrito sobre este tema en los principales credos protestantes; pues estos credos representan los conocimientos maduros de grandes grupos de iglesias que, en ocasiones diversas, han convocado a sus mejores líde-res a fin de declarar por escrito exactamente lo que creían. Así, estos credos nos proporcionan información exacta en lo que concierne a la manera como la corriente principal del protestantismo ha interpretado la Escritura. Si no hacemos caso de tal testimonio, será para nuestro propio peligro. Los siguientes documentos no agotan la materia, pero son especialmente claros sobre este asunto:

El Catecismo de Heidelberg se introdujo en las iglesias y escuelas de Heidelberg, Alemania, en 1563. Hasta hoy, ha continuado siendo ampliamente utilizado como una herramienta de instrucción en las iglesias reformadas. En él encontramos lo siguiente:

“Pregunta 83. ¿Qué son las llaves del Reino de los cielos?
Respuesta. La predicación del Santo Evangelio y la dis-ciplina eclesiástica: con las cuales se abre el Cielo a los fieles, y se cierra a los infieles (Jn. 21:23; Mt. 18:15–18).

“Pregunta 84. ¿De qué manera se abre y se cierra el Reino de los cielos por la predicación del Evangelio?
Respuesta. Cuando (según el mandamiento de Cristo) públicamente es anunciado y testificado a todos los fieles en general y a cada uno en particular, que todos los peca-dos les son perdonados por Dios, por los méritos de Cristo, todas las veces que abrazaren con verdadera fe la promesa del Evangelio. Al contrario, a todos los infieles e hipócritas se les anuncia que la ira de Dios y la condenación eterna caerán sobre ellos mientras perseveraren en su maldad; según testimonio del Evangelio, Dios juzgará así en esta vida como en la otra (Mt. 28:19; Jn. 3:18–36; Mr. 16:15,16; 2 T. 1:7–9); Jn. 20:21–23; Mt. 16:19; Ro. 2:2–17).

“Pregunta 85. ¿De qué manera se cierra y se abre el Re-ino de los cielos por la disciplina eclesiástica?
Respuesta. Cuando (según el mandamiento de Cristo) aquellos que bajo el nombre de cristianos se muestran en la doctrina o en la vida ajenos a Cristo, y después de haber sido fraternalmente amonestados en diversas ocasiones, no quieren apartarse de sus errores o maldades, son denunciados a la Iglesia o a los que han sido ordenados por ella. Y si aun no obedecen a la amonestación de éstos, por la prohibición de los sacramentos son expulsados de la congregación cristiana, y por el mismo Dios, del Reino de Cristo; y otra vez recibidos, como miembros de Cristo y de su Iglesia cuando prometen enmienda y lo demuestran por sus obras (Mt. 18:15; 1 Co. 5:12; Mt. 18:15–18; Ro. 12:7–10; 1 Co. 12:28; 1 Ti. 5:17; 2 Ts. 3:14; Mt. 18:17; 1 Co. 5:3–5; 2 Co. 2:6–11; Lc. 15:18).”

Uno de los verdaderamente grandes credos protestantes es la Confesión de fe de Westminster, completada en 1646. Se la llama a veces la madre de todas las confesiones reformadas subsiguientes. El capítulo XXX se titula “De la disciplina eclesiástica”, y dice lo que se indica a continuación:

“I. El Señor Jesús, como Rey Cabeza de su Iglesia, ha designado en ella un gobierno dirigido por oficiales de la Iglesia, diferentes de los magistrados civiles.

“II. A estos oficiales han sido entregadas las llaves del Reino de los cielos, en virtud de lo cual tienen poder respectivamente para retener y remitir los pecados, para cerrar aquel Reino a los que no se arrepienten tanto por la palabra como por la disciplina, y para abrirlo a los pecado-res arrepentidos, por el ministerio del Evangelio, y por la absolución de la disciplina, según lo requieran las circunstancias.

“III. La disciplina eclesiástica es necesaria para ganar y hacer volver a los hermanos que ofenden; para disuadir a otros de cometer ofensas semejantes; para purgar de la mala levadura que puede infectar toda la masa; para vindicar el honor de Cristo y la santa profesión del Evangelio; para prevenir la ira de Dios que justamente podría caer sobre la Iglesia si ésta consintiera que el Pacto del Señor y sus signos fuesen profanados por ofensores notorios y obstinados.

“IV. Para lograr mejor estos fines, los oficiales de la Iglesia deben proceder por la amonestación, por la sus-pensión del sacramento de la Santa Cena por un tiempo, y por la excomunión de la Iglesia, según la naturaleza del crimen y la ofensa de la persona.”

Mientras que la Asamblea de Westminster (predominantemente presbiteriana) se reunía en Inglaterra, los congregacionalistas de Nueva Inglaterra experimentaban la necesidad de una confesión de fe propia. Así pues, los principales congregacionalistas se reunieron en Sínodo en Cambridge, Massachusetts, desde 1646 a 1648. Deseando manifestar su acuerdo doctrinal esencial con sus herma-nos en Inglaterra, adoptaron la Confesión de Westminster; “Exceptuando únicamente algunas secciones en los capitulos 25, 30 y 31 de su confesión, que tienen que ver con puntos controversiales en cuanto a la disciplina eclesiástica; con respecto a los cuales nos remitimos a la redacción sobre la disciplina eclesiástica en el subsiguiente tratado.” A continuación, procedieron a ofrecer una declaración de disciplina eclesiástica mucho más detallada que la que se hubiera ofrecido anteriormente en un credo. Lo siguiente es el capítulo XIV de la Plataforma de Cambridge, que se titula “De la excomunión y otras Disciplinas”:

“1. Las disciplinas de la Iglesia son designadas por Cristo para la prevención, remoción y sanidad de transgresiones en la Iglesia; para recuperar y ganar a hermanos transgresores; para disuadir a otros de cometer parecidas transgresiones; para eliminar la levadura que puede infectar toda la masa; para vindicar el honor de Cristo y de su Iglesia, y la profesión santa del Evangelio; y para evitar la ira de Dios, que puede caer justamente sobre la Iglesia, si permitiera que su pacto, y los sellos del mismo, fueran profanados por transgresores obstinados y conspicuos (1 Ti. 5:20; Dt. 17:12, 13; Jud. 23; Dt. 13:11; 1 Co. 5:6; Ro. 2:24; Ap. 2:14,15,16,20).

“2. Si una transgresión es privada (un hermano agraviando a otro) el transgresor ha de ir y reconocer su arrepentimiento por ello a su hermano agraviado, quien entonces lo ha de perdonar; pero si el transgresor descuida o rehúsa hacerlo, el hermano agraviado ha de ir y convencerlo y amonestarlo, entre sí mismos privadamente; si subsiguientemente el transgresor es llevado a arrepentirse de su transgresión, el amonestador ha ganado a su hermano, pero si el transgresor no oye a su hermano, el hermano agraviado ha de tomar consigo uno o dos más, para que en la boca de dos o tres testigos, se establezca cada palabra (ya sea la palabra de amonestación, si el transgresor la recibe, o la palabra de queja, si la rehúsa); pues si la rehúsa, el hermano agraviado, por boca de los ancianos, ha de decirlo a la Iglesia, y si oye a la Iglesia, y declara lo mismo mediante penitente confesión, será recuperado y ganado; y si la Iglesia discierne que está dispuesto a oír, pero aún no totalmente convencido de su transgresión, como en el supuesto de la herejía; entonces han de aplicarle una amonestación pública; que declarando al transgresor bajo transgresión pública de la Iglesia, por lo mismo le priva o suspende de la santa comunión de la Cena del Señor, hasta que su transgresión sea quitada mediante penitente confesión. Si aún continúa obstinado, han de echarlo fuera mediante excomunión (Mt. 5:23,24; Lc. 17:3,4; Mt 18:15–17; Tit 3:10).

“3. Pero si la transgresión es más pública al principio, y de una naturaleza más nefanda y criminal, a saber, tales como las que son condenadas por la luz de naturaleza, entonces la Iglesia, sin tal actuación gradual, ha de expulsar al transgresor de su santa comunión, para mayor mortificación de su pecado y la sanidad de su alma, en el día del Señor Jesús (1 Co. 5:4,5, 7.

“4. Al tratar a un transgresor, ha de tenerse mucho cuidado de no ser ni excesivamente estricto o riguroso, ni demasiado indulgente o negligente; nuestra actuación en el caso debe estar gobernada por un espíritu de mansedumbre, considerándonos a nosotros mismos, no sea que también seamos tentados; y que aun el mejor de nosotros tiene necesidad de mucho perdón por parte del Señor. Aun siendo el ganar y sanar del alma del transgresor el fin de estas actuaciones, no debemos recubrir con cal, ni sanar las heridas de nuestros hermanos ligeramente. De algunos tened compasión, a otros salvad con temor (Gá. 6:1; Mt. 18:34,35; 6:4,15; Ez. 13:I0; Jer 6:14).

“5. Mientras el transgresor permanezca excomulgado, la Iglesia ha de evitar toda comunión de miembro con él en cosas espirituales, y también toda comunión familiar con él en asuntos seculares que vayan más allá de lo que re-quiere la necesidad de relaciones naturales, o domésticas, o seculares; y, por tanto, han de evitar comer y beber con él, para que se avergüence (Mt. 18:17; 1 Co. 5:11; 2 Ts. 3:6,14).

“6. La excomunión, al ser un castigo espiritual, no pre-juzga a los excomulgados ni los priva de sus derechos civiles y, por tanto, no afecta a los príncipes, u otras autoridades, en cuanto a su autoridad o dignidad civiles. Y no siendo los excomulgados sino como un publicano y un pagano, puesto que es legítimo permitir a los paganos que vengan a oír la Palabra en asambleas eclesiásticas, reconocemos por tanto la libertad de oír la Palabra que se permite a las personas excomulgadas, similar a la que se permite a los paganos. Y porque no perdemos la esperanza de su recuperación, no hemos de considerarle como un enemigo sino de amonestarle como a un hermano (1 Co. 14:24,25; 2 Ts. 3:14,15).

“7. Si el Señor santifica la disciplina al transgresor, de manera que por la gracia de Cristo testifica de su arrepentimiento, con una confesión humilde de su pecado, y juicio de sí mismo, dando gloria a Dios, la Iglesia entonces ha de perdonarlo y confortarlo, y restaurarlo a la comunión fraternal usual, que anteriormente disfrutaba con ellos (2 Co. 2:7,8).

“8. El permitir que personas escandalosas o profanas continúen en comunión, y participen de los sacramentos, es indudablemente un gran pecado en aquellos que tienen poder en sus manos para repararlo y no lo hacen. No obstante, por cuanto Cristo y su apóstoles en sus tiempos, y los profetas y otros santos en los suyos, participaron legítimamente de las ordenanzas mandadas por el Señor en la Iglesia judía, y no enseñaron ni practicaron la separación de la misma, aunque se permitía a los indignos en ella; y por cuanto a los fieles en la iglesia de Corinto, donde había muchas personas y prácticas indignas, nunca se les manda ausentarse de los sacramentos, a causa de lo mismo: por tanto, los piadosos en tales casos no se han de separar por el momento (Ap. 2:14,15,20; Mt. 23:3; Hch. 3:1).

“9. Como la separación de una iglesia en donde se toleran miembros profanos y escandalosos no es necesaria por el momento, es, por tanto, legítimo para sus miembros, que en otro sentido son dignos, abstenerse en esta situación de tener comunión con tal iglesia, en la participación de los sacramentos. Pues como sería irrazonable que un hombre piadoso descuidara su deber, y se castigara a sí mismo en no venir para tener su porción en la bendición de los sellos, como debiera, porque a otros se les permite venir, que no debieran, especialmente considerando que él mismo ni consiente en su pecado, ni en su acercamiento a la ordenanza en su pecado, ni en la negligencia de otros que deberían expulsarlos, y no lo hacen; pero que, por el contrario, se lamentan sinceramente por estas cosas, modestamente y a su tiempo estimulan a otros a hacer su deber. Si la Iglesia no puede reformarse, ellos pueden utilizar su libertad, como se ha especificado. Pero a esto están ligados todos los santos, sin excepción, para hacer su par-te, según sus posibilidades y su lugar, con objeto de que pueda procederse contra los indignos debidamente por parte de la Iglesia a quien corresponde este asunto (2 Cr. 30:18; Gn. 18:25; Ez. 9:4; capítulo XIII, sección 4).”

Algunos años después, los principales congregacionalistas que habían participado en la Asamblea de Westminster, conjuntamente con algunos otros líderes congregacionalistas notables de Inglaterra, se reunieron en un sínodo para adoptar una declaración de fe. El resultado fue la Declaración de fe y orden de Saboya, que era simplemente la Confesión de Westminster con pequeñas alteraciones, especialmente con respecto al gobierno de Iglesia. Lo siguiente es su breve declaración sobre la disciplina eclesiástica (último capítulo, números 18 y 19):

“18. El Señor Jesucristo ha establecido e instituido como medio de edificación que aquellos que no caminan según las reglas y las leyes establecidas por Él (con res-pecto a la fe y la vida, de modo que tiene lugar una transgresión contra la Iglesia), se les discipline en su nombre y autoridad. Cada iglesia tiene la facultad en sí para ejercer y ejecutar todas esas disciplinas designadas por Él en la manera y el orden prescritos en el Evangelio.

“19. La disciplinas así establecidas por Cristo son la amonestación y la excomunión. Y considerando que algunas transgresiones son o pueden ser conocidas únicamente por algunos, está establecido por Cristo que aquellos que los conocen sean los primeros en amonestar al transgresor en privado; en transgresiones públicas con que cualquiera peque, delante de todos. Y en caso de no haber enmienda tras la amonestación privada, estando relacionada la transgresión con la Iglesia, y el no manifestar el transgresor su arrepentimiento, éste ha de ser amonestado debidamente en el nombre de Cristo por la Iglesia entera, por el ministerio de los ancianos de la Iglesia; y si esta disciplina no consigue su arrepentimiento, entonces s le ha de expulsar mediante excomunión con la aquiescencia de la Iglesia.”

No debería imaginarse que los protestantes disfrutaran alguna vez con la práctica de disciplinar a sus miembros de Iglesia, pero no obstante lo han reconocido generalmente como una función necesaria de la Iglesia. Si alguien es aún contencioso contra esta práctica bíblica, sólo podemos decir, como Moisés a Israel: “Vuestras murmuraciones no son contra nosotros, sino contra el SEÑOR” (Éx. 16:8).