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LA CRUZ DE CRISTO, ALGO QUE AMAR

Noviembre 11

‘Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo’.
Lucas 14:27

Conocemos personas, quizás seamos de ellas, que por conseguir algo, estemos dispuestos a arriesgar y sufrir por un tiempo. Una privación actual con el fin de conseguir algo adelante. Una inversión de esfuerzo, menos sueño, paseos o diversiones, con el propósito de tener algo que vale la pena tener. A veces por necesidad, como quitar un órgano para salvar los demás. De todas maneras, el punto es que para nada es ajeno a nuestra existencia, ser capaces de, por tener algo mayor, abandonar algo menor.

Para el individuo que ama al Señor Jesús como un verdadero discípulo, no importa cuál sea el prerrequisito para poder tenerle, lo asumirá con tal de estar cerca de Él. Para el apóstol Pablo, por ejemplo, no fue una carga aborrecerlo todo con el fin de tener a Cristo, considerarlos todo basura con el propósito de ganarle (Fil.3:8). En verdad, la idea de tener a Cristo es tan sublime que el mismo Señor lo comparó con quien gozoso estuvo dispuesto a vender todas sus posesiones con el fin de quedarse con el tesoro o con la perla de gran precio (Mt.13:44 y 46). Siendo que la idea de llevar la cruz, es decir, de llevarse a la muerte de sus propios deseos conscientemente, no era una idea placentera, el discípulo de Cristo la llevaría porque la ganancia superaría con creces, millones de veces aquello que arriesgó y mató, con tal de asirse de Cristo (Mt.19:27-28).

La muerte de nosotros mismos, en esa cruz, no tiene la misma naturaleza que la muerte de Cristo en ella. Para Cristo consistió en llevar los pecados de otros, de pagar delante de la justicia divina para la reconciliación de los suyos. Para nosotros, llevarnos a la muerte consiste en la no gratificación de nuestros deseos pecaminosos, en combatir con odio aquello que en nuestra vida no se conforma a Cristo ni a su Palabra, de tal manera que, no solo por el efecto que cargar la cruz de Cristo hace en nosotros sino por lo que nos da, la cruz debe ser apreciada. Es decir, la cruz mata en nosotros aquello que es malo, saca el pus enconado, ataca precisamente lo que nos hace avergonzarnos ante Dios, lo que daña nuestra comunión con Él, lo que nos hace pelear con otros, lo que nos hace quedar mal con los santos, aquello que no sirve, lo que nos mete en problemas, lo que nos incapacita para amar y tener a Cristo. De manera que, aunque llevar la cruz sea duro y doloroso, porque al negarnos a nuestros deseos estamos atacando mucho de lo que somos, nuestro carácter y parte de nuestra personalidad, es benéfico porque la cruz elimina aquello que nos identifica como miserables hijos de Adán.

Más aún, esta experiencia de llevarnos a la muerte, aparte que nos va dejando cada vez más sanos, al final –y esta es su mayor ganancia-, nos da a Cristo, nos deja con Él. Usted es lo suficientemente consciente de entender que más arriba de Cristo ¿Qué otra bendición hay? ¿Algo superará la bendición de tener a Cristo? De manera que el sufrimiento que la cruz promueve es antiséptico y además, galardonador. Usted va quedando limpio pero se va asiendo más de Cristo (Fil.3:12). No solo se vuelve mejor cada día sino que alimenta su comunión, su amistad, su compañía con Cristo Jesús, su salvador y Señor. Negarse o tomar la cruz, conlleva una experiencia dolorosa que jamás superará el gozo y la ganancia de haberla llevado. Por ello los creyentes amamos esa cruz. Es una locura visto desde los ojos de Adán, pero es una ganancia enorme, casi que insondable, vista desde los ojos de la fe. Ame esa cruz, no tiene contraindicaciones para le fe, la santidad ni el gozo, solo para ese remanente de pecado al que nada le debemos.

 



Lectura Bíblica

 

Hebreos 1, 2, 3
Salmo 130, 131